—Es cuestión de la mamá.... ¡Si usted supiera, tío...! Está en situación muy apurada.
Y rápidamente, sin tomar aliento, como si arrojara lejos de sí un peso asfixiante, disparó las pretensiones de doña Manuela, aquella demanda de quince mil pesetas, cantidad necesaria para salvar la honra de la familia.
—Y bien, muchacho: ¿qué es lo que quieres decirme con todo esto?
—Que usted... como hermano... como tío mío que es, podía....
—Nada puedo, ¿lo entiendes...? Nada, absolutamente nada; y más tratándose de tu madre. El viejo dijo esto con un acento que no daba lugar a dudas. No había que esperar que retrocediese en su negativa.
—¿Es que aún no conoces a tu madre? ¿No te he dicho muchas veces quién es...? ¿Que debe...? Pues que pague; y si no tiene con qué hacerlo, que sufra las consecuencias. He jurado no tenderle la mano aunque la vea con agua al cuello. Si fuese como Dios manda, una persona arregladita y económica, la sangre de mis venas le daría; pero a una derrochadora, que sólo se acuerda de su hermano en los apuros, y cuando tiene cuatro cuartos desprecia sus consejos, a ésa no le doy ni esto.
Y metiéndose la uña del pulgar entre los dientes, tiraba con fuerza, produciendo un chasquido.
—De seguro que ella es la que te envía aquí.
—No, tío; puede usted creerme. Vengo por mi propia voluntad.
—Pues entonces—dijo sonriendo el ladino viejo—es que ella te ha pedido a ti el dinero, y vienes a ver si lo saco yo.