—Yo te lo devolveré, hijo mío; te lo devolveré pronto—dijo la arrogante señora abrazando a Juanito y mojándole el rostro con sus lágrimas.

Y lo decía con toda su alma, con la buena fe de los tramposos cuando se ven salvados, que confían ciegamente en el porvenir y creen mejorar su fortuna en lo futuro.

—Está bien, mamá—dijo Juanito, que en medio de su enternecimiento no se cegaba—. Firmaré, pero sólo por quince mil pesetas.

Larga pausa.

Doña Manuela, pensativa:

—Mira, hijo mío, quince mil pesetas justas no han de ser. Puedes firmar por dieciséis mil. No digas que no, rico mío. Completa tu sacrificio. Necesito algún dinerillo para pagar ciertas cuentas, y además, las Pascuas vamos a pasarlas en nuestra casa de Burjasot; vendrán amigos, y hay que quedar bien. Ante todo, el decoro de la familia y no caer en el ridículo. Conque no tuerzas el gesto, niñito mío; quedamos en que serán dieciséis mil.... ¡Ay, qué peso me has quitado de encima...!


VI

Había abandonado la mesa la familia y aún duraban los elogios a Visanteta por el mérito de la paella que les había servido, cuando comenzaron a llegar los amigos.

—Mamá—gritaba Amparito desde la puerta de la calle—, las de López, que vienen en su faetón. ¡Calle! El tranvía ha parado en la esquina.... ¡Si son «las magistradas»! ¡Ay, y también el papá de Andresito, guiando su charrette...! ¡Si parece que se han dado cita! ¡Todos a un tiempo...! ¡Venid, Conchita, mamá! ¡Mirad qué guapo está el señor Cuadros guiando su cochecito! ¡Parece que en toda su vida no haya hecho otra cosa...!