—¡Qué ha de tener!—dijo el señor López el bolsista con expresión doctoral—. Cuando a Fernando VII lo trajeron a los Silos, declaró que esto era el balcón de España.

—Pues figúrese usted—añadió doña Manuela, que enrojecía de satisfacción con estos elogios que alcanzaban a su casa—. Si los Silos son el balcón de España, ¿qué será Villa-Conchita, que está más alta que ellos?

—El balcón de Europa, Manuela, no lo dude usted.

El señor Cuadros, después de soltar esta barbaridad, miró a su mujer, que, como siempre, le admiraba.

Mientras tanto, las niñas de la casa, las de López y «las magistradas» paseaban por el jardincillo con Rafael, que hablaba de su amigo Roberto, a quien estaba esperando.

Andresito, cariacontecido y triste, seguía en un extremo del gran balcón, alejado de las personas graves. Sabía de buena tinta que la traviesa Amparito había tronado con el artillero; consideraba además como de muy buen signo que doña Manuela hubiese invitado a su familia, desechando la anterior frialdad; pero a pesar de esto, el bebé le había recibido con una sonrisa maligna, burlona, y antes de que hablara, se agarró del brazo de sus amigas, dejándole con la palabra en la boca. Y allí estaba él, plantado en el balcón, paciente y resignado, como si su destino fuese aguantar desdenes de aquella a quien había maldecido e insultado en toda clase de metros. Para ocultar su despecho, fingía contemplar atentamente el risueño panorama con sus ojos turbios. Poco le faltaba para llorar, y queriendo ocultar su emoción, murmuraba con expresión pedantesca:

—¡Qué espectáculo! Esto es una sinfonía de colores, una verdadera sinfonía.

¡Sinfonía de colores! Una frasecilla que había pescado en una de esas críticas que hablan del «colorido» y el «dibujo» de la música y la «armonía » y los «acordes» de la pintura.

El joven repetía con obstinación su frase, como el que, acostado, masculla sin cesar la misma oración para aturdirse y coger el sueño; y poco a poco, como hipnotizado por la brillantez del paisaje, fue sumiéndose en un limbo de quietud contemplativa.

Y ahora ¡vive Dios! iba adquiriendo realidad la dichosa sinfonía de colores; ya no era una frase huera y sin sentido, porque todo parecía cantar, la vega y el Mediterráneo, los montes y el cielo. ¡Qué delicioso era el anonadamiento del poetilla, apoyado en la balaustrada, sintiendo en su rostro el fresco viento que tantas cabriolas hacía dar a las cometas de papel...! Allí estaba la sinfonía, una verdadera pieza clásica con su tema fundamental... y él percibía con los ojos el misterioso canto, como si la mirada y el oído hubiesen trocado sus maravillosas funciones.