El muchacho siguió a su antigua novia. Estaba como si acabase de despertar y todavía no hubiera ahuyentado la modorra del sueño. Aún le zumbaba en los oídos el eco lejano de la extraña sinfonía.
En el jardín estaban las jóvenes, muy alborozadas, en torno de Rafael y su amigo Roberto, que acababa de llegar. Juanito habíase metido en el piso bajo, donde reinaba gran algazara por estar reunidas las criadas de la casa con las de las familias invitadas.
Amparito llevaba a remolque a su antiguo novio.
—Vamos a ver; ¿qué hacemos...? Podemos dar un paseo por la montaña.
Y el alegre enjambre transpuso la verja del jardincillo, dirigiéndose a lo que llamaban «la montaña», árida colina, suave hinchazón del terreno, cariada como una muela vieja, rajada y perforada por las excavaciones de las canteras y las minas de greda.
El bullicioso escuadrón encaminábase lentamente a un horno de cal que había en la cumbre. Otros grupos de paseantes destacábanse a lo lejos como hormigas trepadoras.
Andresito y el bebé quedábanse rezagados, andaban lentamente y se detenían para recalcar sus palabras con gestos vehementes.
—Ea, que no te creo. Me la pegaste con el artillero, te burlaste de mí... «destrozaste mi alma», ¿y ahora quieres que yo me trague esa bola de que me querías entonces y sigues queriéndome?
—¡Pero tonto, si todo fue por probarte...! El artillero, ¡valiente mico! Yo sólo te he querido a ti; pero a mamá no le parecía bien nuestro noviazgo, lo tenía por cosa de poca formalidad, y hube de obedecerla.
—¿Y ahora?