De pronto se hizo el silencio, y la gente del correo vió aproximarse por la orilla del canal un hombre sostenido por dos mujeres, un espectro, blanco, tembloroso, con los ojos brillantes, envuelto en una manta de cama. Las aguas parecían hervir con el calor de aquella tarde de verano; sudaban todos en la barca, haciendo esfuerzos por librarse del pegajoso contacto del vecino, y aquel hombre temblaba, chocando los dientes con un escalofrío lúgubre, como si el mundo hubiese caído para él en eterna noche. Las mujeres que le sostenían protestaban con palabras gruesas al ver que los de la barca permanecían inmóviles. Debían dejarle un puesto: era un enfermo, un trabajador. Segando el arroz había atrapado las fiebres, las malditas tercianas de la Albufera, y marchaba á Ruzafa á curarse en casa de unos parientes... ¿No eran acaso cristianos? ¡Por caridad! ¡un puesto!

Y el tembloroso fantasma de la fiebre repetía como un eco, con los sollozos del escalofrío:

¡Per caritat! ¡per caritat!...

Entró á empujones, sin que la masa egoísta le abriera paso, y no encontrando sitio se deslizó entre las piernas de los pasajeros, tendiéndose en el fondo, con el rostro pegado á las alpargatas sucias y los zapatos llenos de barro, en un ambiente nauseabundo. La gente parecía acostumbrada á estas escenas. Aquella embarcación servía para todo; era el vehículo de la comida, del hospital y del cementerio. Todos los días embarcaba enfermos, trasladándoles al arrabal de Ruzafa, donde los vecinos del Palmar, faltos de medicamentos, tenían realquilados algunos cuartuchos para curarse las tercianas. Cuando moría un pobre sin barca propia, el ataúd se metía bajo un asiento del correo y la embarcación emprendía la marcha con el mismo pasaje indiferente, que reía y conversaba, golpeando con los pies la fúnebre caja.

Al ocultarse el enfermo volvió á surgir la protesta. ¿Qué esperaba el desorejado? ¿Faltaba aún alguien?... Y casi todos los pasajeros acogieron con risotadas á una pareja que salió por la puerta de la taberna de Cañamèl, inmediata al canal.

¡El tío Paco!—gritaron muchos—. ¡El tío Paco Cañamèl!

El dueño de la taberna, un hombre enorme, hinchado, de vientre hidrópico, andaba á pequeños saltos, quejándose á cada paso con suspiros de niño, apoyándose en su mujer, Neleta, pequeña, con el rojo cabello alborotado y ojos verdes y vivos que parecían acariciar con la suavidad del terciopelo. ¡Famoso Cañamèl! Siempre enfermo y lamentándose, mientras su mujer, cada vez más guapa y amable, reinaba desde su mostrador sobre todo el Palmar y la Albufera. Lo que él tenía era la enfermedad del rico: sobra de dinero y exceso de buena vida. No había más que verle la panza, la faz rubicunda, los carrillos que casi ocultaban su naricilla redonda y sus ojos ahogados por el oleaje de la grasa. ¡Todos que se quejasen de su mal! ¡Si tuviera que ganarse la vida con agua á la cintura, segando arroz, no se acordaría de estar enfermo!

Y Cañamèl avanzaba una pierna dentro de la barca, penosamente, con débiles quejidos, sin soltar á Neleta, mientras refunfuñaba contra las gentes que se burlaban de su salud. ¡Él sabía cómo estaba! ¡Ay Señor! Y se acomodó en un puesto que le dejaron libre con esa obsequiosa solicitud que las gentes del campo tienen para el rico, mientras su mujer hacía frente sin arredrarse á las bromas de los que la cumplimentaban, viéndola tan guapa y animosa.

Ayudó á su marido á abrir un gran quitasol, puso á su lado una espuerta con provisiones para un viaje que no duraría tres horas, y acabó por recomendar al barquero el mayor cuidado con su Paco. Iba á pasar una temporada en su casita de Ruzafa. Allí le visitarían buenos médicos: el pobre estaba mal. Lo decía sonriendo, con expresión cándida, acariciando al blanducho hombretón, que temblaba con las primeras oscilaciones de la barca como si fuese de gelatina. No prestaba atención á los guiños maliciosos de la gente, á las miradas irónicas y burlonas que después de resbalar sobre ella se fijaban en el tabernero, doblado en su asiento bajo el quitasol y respirando con un gruñido doloroso.

El barquero apoyó su larga percha en el ribazo, y la embarcación comenzó á deslizarse en el canal seguida por las voces de Neleta, que siempre con sonrisa enigmática recomendaba á todos los amigos que cuidasen de su esposo.