¡Che!—dijo desde la puerta—. ¿Tú eres cristiá?

Sangonera hizo un gesto de asombro. ¿Que si era cristiano? Y como escandalizado por la pregunta, miró al techo de su barraca, acariciando con arrobamiento y esperanza el pedazo de cielo azul que se veía por los desgarrones de la cubierta.

¡Bueno, pues; entre hombres fuera mentiras! continuó el vicario. Debía confesarse, porque iba á morir... Ni más ni menos. Aquel cura de escopeta no usaba rodeos con sus feligreses.

Por los ojos del vagabundo pasó una expresión de terror. Su existencia, llena de miserias, se le apareció con todo el encanto de la libertad sin límites. Vió el lago con sus aguas resplandecientes; la Dehesa rumorosa, con sus espesuras perfumadas, llena de flores silvestres, y hasta el mostrador de Cañamèl, ante el cual soñaba, contemplando la vida de color de rosa al través de los vasos... ¡Y todo aquello iba á abandonarlo!... De sus ojos vidriosos comenzaron á rodar lágrimas. No había remedio: le llegaba la hora de morir. Contemplaría en otro mundo mejor la sonrisa celestial, de inmensa misericordia, que una noche le acarició junto al lago.

Y con repentina tranquilidad, entre náuseas y crispamientos, confesó en voz baja al sacerdote sus raterías contra los pescadores, tan innumerables que no podía recordarlas más que en masa. Junto con sus pecados revelaba sus esperanzas: su fe en Cristo, que vendría nuevamente á salvar á los pobres; su encuentro misterioso de cierta noche en la orilla del lago. Pero el vicario le interrumpía con rudeza:

Sangonera, menos romansos. ¡Tú delires!... La veritat... digues la veritat.

La verdad ya la había dicho. Todos sus pecados consistían en huir del trabajo, por creer que era contrario á los mandatos del Señor. Una vez se había resignado á ser como los demás, á prestar sus brazos á los hombres, poniéndose en contacto con la riqueza y sus comodidades, y ¡ay! pagaba esta inconsecuencia con la vida.

Todas las mujeres del Palmar se mostraron enternecidas por el final del vagabundo. Había vivido como un hereje después de su fuga de la iglesia, pero moría como un cristiano. Su enfermedad no le permitía recibir al Señor, y el vicario le administró el último sacramento, manchándose la sotana con sus vómitos.

Sólo entraban en la barraca algunas viejas animosas que se dedicaban por abnegación á amortajar á todos los que morían en el pueblo. En la choza era insoportable el hedor. La gente hablaba con misterio y asombro de la agonía de Sangonera. Desde el día anterior no eran alimentos lo que arrojaba su boca. Era algo peor: y las vecinas, apretándose las narices, se lo imaginaban tendido en la paja, rodeado de inmundicias.

Murió al tercer día de enfermedad, con el vientre hinchado, la cara crispada, las manos contraídas por el sufrimiento y la boca dilatada de oreja á oreja por las últimas convulsiones.