En la mata del Bolodró—dijo por fin el viejo—. Te costará d’encontrar.

Y cerró los ojos, inclinando la cabeza para reanudar aquel sueño del que no quería salir.

El tío Tòni hizo un gesto á la Borda. Cogieron sus azadones de enterradores, sus perchas de barqueros, los agudos tridentes que servían para la pesca de las piezas gruesas, encendieron un farol en la luz del candil, y en el silencio de la noche atravesaron el pueblo para embarcarse en el canal.

El negro barquito, con el farol en la proa, pasó toda la noche evolucionando por el interior de los carrizales. Veíasele como una estrella roja errando á través de las cañas.

Cerca del amanecer la luz se apagó. Habían encontrado el cadáver, después de dos horas de busca angustiosa; tal como lo vió el abuelo, con la cabeza hundida en el barro, los pies fuera del agua y el pecho convertido en una masa sanguinolenta, destrozado á boca de jarro por la metralla de los cartuchos de caza.

Lo recogieron con sus tridentes del fondo del agua. El padre, al clavar su fitora en aquel bulto blanducho, izándolo á la barca con sobrehumano esfuerzo, creyó que la hundía en su propio pecho.

Después fué la marcha lenta, angustiosa, mirando á todos lados, como criminales que temen ser sorprendidos. La Borda, siempre sollozante, perchaba en la proa: el padre ayudábala en el otro extremo de la barca; y entre estas dos figuras rígidas, que recortaban su negra silueta en la difusa luz de la noche estrellada, yacía tendido el cadáver del suicida.

Abordaron á los campos del tío Tòni, aquel suelo artificial, formado espuerta sobre espuerta, á fuerza de puños, con una tenacidad loca.

El padre y la Borda, cogiendo el cadáver, lo descendieron cuidadosamente á tierra, como si fuese un enfermo que podía despertar. Después, con sus azadones de enterradores infatigables, comenzaron á abrir una fosa.

Una semana antes aún traían tierra allí desde todos los extremos del lago. Ahora la quitaban para ocultar la deshonra de la familia.