Y agitando sus sombreros, le preguntaban á gritos dónde la había pillado por la mañana y si pensaba dormirla allí. Sangonera seguía inmóvil; pero cansado de las risas y gritos de los de la barca, púsose en pie, y girando en una ligera pirueta se dió unas cuantas palmadas en el dorso de su cuerpo con expresión de desprecio, volviendo á agacharse gravemente.
Al verle de pie redoblaron las risas, excitadas por su bizarro aspecto. Llevaba el sombrero adornado con un alto penacho de flores de la Dehesa y sobre el pecho y en torno de su faja se enroscaban algunas bandas de campanillas silvestres de las que crecían entre las cañas de los ribazos.
Todos hablaban de él. ¡Famoso Sangonera! No había otro igual en los pueblos del lago. Tenía el firme propósito de no trabajar, como los demás hombres, diciendo que el trabajo era un insulto á Dios, y se pasaba el día buscando quien le convidase á beber. Se emborrachaba en el Perelló para dormir en el Palmar; bebía en el Palmar para despertar al día siguiente en el Saler; y si había fiesta en los pueblos de tierra firme, se le veía en Silla ó en Catarroja buscando, entre la gente que cultivaba campos en la Albufera, una buena alma que le invitase. Era milagroso que no apareciera su cadáver en el fondo de un canal después de tantos viajes á pie, por el lago, en plena embriaguez, siguiendo las lindes de los arrozales, estrechas como un filo de hacha, atravesando los portillos de las acequias con agua al pecho y pasando por lugares de barro movedizo donde nadie osaba aventurarse como no fuese en barca. La Albufera era su casa. Su instinto de hijo del lago le sacaba del peligro, y muchas noches, al presentarse en la taberna de Cañamèl para mendigar un vaso, tenía el contacto viscoso y el hedor de fango de una verdadera anguila.
El tabernero murmuraba entre gruñidos al oir la conversación. ¡Sangonera! ¡Valiente sinvergüenza! ¡Mil veces le había prohibido la entrada en su casa!... Y la gente reía recordando los extraños adornos del vagabundo, su manía de cubrirse de flores y ceñirse coronas como un salvaje apenas comenzaba en su hambriento estómago la fermentación del vino.
La barca penetraba en el lago. Por entre dos masas de carrizales, semejantes á las escolleras de un puerto, se veía una gran extensión de agua tersa, reluciente, de un azul blanquecino. Era el lluent, la verdadera Albufera, el lago libre, con sus bosquecillos de cañas esparcidos á grandes distancias, donde se refugiaban las aves del lago, tan perseguidas por los cazadores de la ciudad. La barca costeaba el lado de la Dehesa, donde ciertos barrizales cubiertos de agua se iban convirtiendo lentamente en campos de arroz.
En una pequeña laguna cerrada por ribazos de fango, un hombre de musculatura recia arrojaba capazos de tierra desde su barca. Los pasajeros le admiraban. Era el tío Tono, hijo del tío Paloma, y padre á su vez de Tonet el Cubano. Y al nombrar á este último, muchos miraron maliciosamente á Cañamèl, que seguía gruñendo como si no oyese nada.
No había en toda la Albufera hombre más trabajador que el tío Tono. Se había metido entre ceja y ceja ser propietario, tener sus campos de arroz, no vivir de la pesca como el tío Paloma, que era el barquero más viejo de la Albufera; y solo—pues su familia únicamente le ayudaba á temporadas, cansándose ante la grandeza del trabajo—iba rellenando de tierra, traída de muy lejos, la charca profunda cedida por una señora rica que no sabía qué hacer de ella.
Era empresa de años, tal vez de toda la vida, para un hombre solo. El tío Paloma se burlaba de él; su hijo le ayudaba de vez en cuando para declararse cansado á los pocos días, y el tío Tono, con una fe inquebrantable, seguía adelante, auxiliado únicamente por la Borda, una pobrecilla que su difunta mujer sacó de los expósitos, tímida con todos y tenaz para el trabajo lo mismo que él.
—¡Salud, tío Tono, y no cansarse! ¡Que cogiera pronto arroz de su campo!
Y la barca se alejó sin que el testarudo trabajador levantase la cabeza más que un momento para contestar á los irónicos saludos.