Se alejó el barquito, sin que Tonet, que había lanzado una rápida ojeada á los pasajeros, pareciese oir las bromas.

Muchos miraron con cierta insolencia á Cañamèl, permitiéndose las mismas bromas brutales que se usaban en su taberna... ¡Ojo, tío Paco! ¡Él iba á Valencia, mientras Tonet pasaría la noche en el Palmar!...

El tabernero fingió al principio no oirles, hasta que, cansado de sufrir, se enderezó con nervioso impulso, pasando por sus ojos una chispa de ira. Pero la masa grasienta del cuerpo pareció gravitar sobre su voluntad, y se encogió en el banco, como aplastado por el esfuerzo, gimiendo otra vez dolorosamente y murmurando entre quejidos:

¡Indesents!... ¡indesents!...


II

La barraca del tío Paloma se alzaba á un extremo del Palmar.

Un gran incendio había dividido la población, cambiando su aspecto. Medio Palmar fué devorado por las llamas. Las barracas de paja se convirtieron rápidamente en cenizas, y sus dueños, queriendo vivir en adelante sin miedo al fuego, construyeron edificios de ladrillo en los solares calcinados, empeñando muchos de ellos su escasa fortuna para traer los materiales, que resultaban costosos después de atravesar el lago. La parte del pueblo que sufrió el incendio se cubrió de casitas, con las fachadas pintadas de rosa, verde ó azul. La otra parte del Palmar conservó el primitivo carácter, con las techumbres de sus barracas redondas por los dos frentes, como barcos puestos á la inversa sobre las paredes de barro.

Desde la plazoleta de la iglesia hasta el final de la población por la parte de la Dehesa, se extendían las barracas, separadas unas de otras por miedo al incendio, como sembradas al azar.

La del tío Paloma era la más antigua. La había construído su padre en los tiempos en que no se encontraba en la Albufera un ser humano que no temblase de fiebre.