Enorgullecíase de ser hombre de agua, y muchas veces prefería seguir las revueltas de los canales antes que acortar distancias marchando por los ribazos. No pisaba voluntariamente otra tierra que la de la Dehesa, para disparar unos cuantos escopetazos á los conejos, huyendo á la aproximación de los guardas, y por su gusto hubiese comido y dormido dentro de la barca, que era para él lo que el caparazón de un animal acuático. Los instintos de las primitivas razas lacustres revivían en el viejo.
Para ser feliz sólo le faltaba carecer de familia, vivir como un pez del lago ó un pájaro de los carrizales, haciendo su nido hoy en una isleta y mañana en un cañar. Pero su padre se había empeñado en casarlo. No quería ver abandonada aquella barraca, que era obra suya, y el bohemio de las aguas vióse forzado á vivir en sociedad con sus semejantes, á dormir bajo una techumbre de paja, á pagar su parte para el mantenimiento del cura y á obedecer al alcaldillo pedáneo de la isla, siempre algún sinvergüenza—según decía él—, que para no trabajar buscaba la protección de los señorones de la ciudad.
De su esposa apenas si retenía en la memoria una vaga imagen. Había pasado junto á él rozando muchos años de su vida, sin dejarle otros recuerdos que su habilidad para remendar las redes y el garbo con que amasaba el pan de la semana todos los viernes, llevándolo á un horno de cúpula redonda y blanca, semejante á un hormiguero africano, que se alzaba en un extremo de la isla.
Habían tenido muchos hijos, muchísimos; pero menos uno, todos habían muerto oportunamente. Eran seres blancuzcos y enfermizos, engendrados con el pensamiento puesto en la comida, por padres que se ayuntaban sin otro deseo que transmitirse el calor, estremecidos por los temblores de la fiebre palúdica. Parecían nacer llevando en sus venas en vez de sangre el escalofrío de las tercianas. Unos habían muerto de consunción, debilitados por el alimento insípido de la pesca de agua dulce, otros se ahogaron cayendo en los canales cercanos á la casa, y si sobrevivió uno, el menor, fué por agarrarse tenazmente á la vida, con ansia loca de subsistir, afrontando las fiebres y chupando en los pechos flácidos de su madre la escasa substancia de un cuerpo eternamente enfermo.
El tío Paloma encontraba estas desgracias lógicas é indispensables. Había que alabar al Señor, que se acuerda de los pobres. Era repugnante ver cómo se aumentaban las familias en la miseria, y sin la bondad de Dios, que de vez en cuando aclaraba esta peste de chiquillos, no quedaría en el lago comida para todos y tendrían que devorarse unos á otros.
Murió la mujer del tío Paloma cuando éste, anciano ya, se veía padre de un chicuelo de siete años. El barquero y su hijo Tono quedaron solos en la barraca. El muchacho era juicioso y trabajador como su madre. Guisaba la comida, reparaba los desperfectos de la barraca y tomaba lecciones de las vecinas para que su padre no notase la ausencia de una mujer en la vivienda. Todo lo hacía con gravedad, como si la terrible lucha sostenida para subsistir hubiese dejado en él un rastro inextinguible de tristeza.
El padre se mostraba satisfecho cuando marchaba hacia la barca seguido por el muchacho casi oculto bajo el montón de redes. Crecía rápidamente, sus fuerzas eran cada vez mayores, y el tío Paloma enorgullecíase viendo con qué impulso sacaba los mornells del agua ó hacía deslizarse la barca sobre el lago.
—Es el hombre más hombre de toda la Albufera—decía á sus amigos—. Su cuerpo se la venga ahora de las enfermedades que sufrió de pequeño.
Las mujeres del Palmar alababan no menos sus sanas costumbres. Ni locuras con los jóvenes que se congregaban en la taberna, ni juegos con ciertos perdidos que, una vez terminada la pesca, se tendían panza abajo sobre los juncos, á espaldas de cualquier barraca, y pasaban las horas manejando una baraja mugrienta.
Siempre serio y pronto para el trabajo, Tono no daba á su padre el más leve disgusto. El tío Paloma, que no podía pescar acompañado, pues al menor descuido se enfurecía é intentaba pegar al camarada, jamás reñía á su hijo, y cuando, entre bufidos de mal humor, intentaba darle una orden, ya el muchacho, adivinándola, había puesto manos á la obra.