Aislado de los suyos, sin otro afecto que el amor profundo que sentía por su madre la Albufera, la inspeccionaba, la pasaba revista diariamente, como si en sus ojos vivos y astutos de viejo fuerte guardase toda el agua del lago y los innumerables árboles de la Dehesa.

No derribaban un pino en la selva sin que inmediatamente lo notase á gran distancia, desde el centro de la laguna. ¡Uno más!... El claro que dejaba el caído entre la frondosidad de los árboles inmediatos, le causaba un efecto doloroso, como si contemplase el vacío de una tumba. Maldecía á los arrendatarios de la Albufera, ladrones insaciables. La gente del Palmar robaba leña en la selva; no ardían en sus hogares otras ramas que las de la Dehesa, pero se contentaba con los matorrales, con los troncos caídos y secos; y aquellos señores invisibles, que sólo se mostraban por medio de la carabina del guarda y los trampantojos de la ley, abatían con la mayor tranquilidad los abuelos del bosque, unos gigantes que le habían visto á él cuando gateaba de pequeño en las barcas y eran ya enormes cuando su padre, el primer Paloma, vivía en una Albufera salvaje, matando á cañazos las serpientes que pululaban en la ribera, bichos más simpáticos que los hombres del presente.

En su tristeza ante el derrumbamiento de lo antiguo, buscaba los rincones más incultos del lago, aquellos adonde no llegaba aún el afán de explotación.

La vista de una noria vieja causábale estremecimientos, y contemplaba con emoción la rueda negra y carcomida, los arcaduces desportillados, secos, llenos de paja, de donde salían las ratas en tropel al notar su proximidad. Eran las ruinas de la muerta Albufera; recuerdos como él de un tiempo mejor.

Cuando deseaba descansar abordaba al llano de Sancha, con sus lagunas de gelatinosa superficie y sus altos juncales, y contemplando el paisaje verde y sombrío, en el que parecían crujir los anillos del monstruo de la leyenda, se regocijaba al pensar que algo existía aún libre de la voracidad de los hombres modernos, entre los cuales ¡ay! figuraba su hijo.

III

Cuando desistió el tío Paloma de la ruda educación de su nieto, éste respiró.

Se aburría acompañando á su padre á las tierras del Saler, y pensaba con inquietud en su porvenir viendo al tío Tòni metido en el barro de los arrozales, entre sanguijuelas y sapos, con las piernas mojadas y el busto abrasado por el sol. Su instinto de muchacho perezoso se revelaba. No; él no haría lo que su padre; no trabajaría los campos. Ser carabinero para tenderse en la arena de la costa, ó guardia civil como los que llegaban de la huerta de Ruzafa con el correaje amarillo y la blanca cogotera sobre el cuello, le parecía mejor que cultivar el arroz sudando dentro del agua, con las piernas hinchadas de picaduras.

En los primeros tiempos de acompañar á su abuelo por la Albufera, había encontrado aceptable esta vida. Le gustaba ir errante por el lago; navegar sin dirección fija, pasando de un canal á otro, y detenerse en medio de la Albufera para conversar con los pescadores. Alguna vez saltaba á las isletas de carrizales para excitar con sus silbidos á los toros solitarios. Otras, se entraba en la Dehesa, cogiendo las moras de los zarzales y hurgaba las madrigueras de los conejos, buscando un gazapo en el fondo. El abuelo le aplaudía cuando atisbaba una fòcha ó un collvèrt dormidos á flor de agua y los hacía suyos con certero escopetazo.

Además le gustaba estar en la barca horas enteras con la panza en alto, oyendo al abuelo las cosas del pasado. El tío Paloma recordaba los hechos más notables de su vida; su trato con los personajes; ciertas entradas de contrabando allá en su juventud, con acompañamiento de tiros: y remontándose en su memoria, hablaba de su padre, el primer Paloma, repitiendo lo que él á su vez le había relatado.