Quería vivir, gozar de un golpe todas las dulzuras de la existencia. Se imaginaba que cuantos habitaban al otro lado del lago, en los pueblos ricos ó en la ciudad grande y ruidosa, le robaban una parte de los placeres que le correspondía por indiscutible derecho.

En la época de la siega del arroz, cuando miles de hombres llegaban á la Albufera de todos los extremos de la provincia, atraídos por los grandes jornales que ofrecían los propietarios faltos de brazos, Tonet se reconciliaba momentáneamente con la vida en aquel rincón del mundo. Veía caras nuevas, hacía amigos, encontraba una rara alegría en estos vagabundos, que, con la hoz en la mano y el saco de ropa á la espalda, iban de un punto á otro trabajando mientras lucía el sol, para emborracharse así que llegaba la noche.

Le gustaba esta gente de existencia accidentada y le entretenían sus relatos, más interesantes que los cuentos murmurados junto á la lumbre. Unos habían estado en América, y olvidando su miseria en los remotos países, hablaban de éstos como de un paraíso donde todos nadaban en oro. Otros contaban sus largas estancias en la Argelia salvaje, en los mismos límites del Desierto, donde se habían ocultado mucho tiempo por un navajazo dado en su pueblo ó un robo que les acumulaban los enemigos. Y Tonet, al oirles, creía percibir en el vientecillo putrefacto de la Albufera el perfume exótico de aquellos países maravillosos, y en el brillo de los azulejos de la taberna veía sus portentosas riquezas.

Esta amistad con los vagabundos se estrechaba, hasta el punto de que, al terminar la siega y cobrar ellos sus jornales, los acompañaba Tonet en una orgía brutal á través de todas las poblaciones inmediatas al lago; carrera loca de taberna en taberna, de albaes por la noche ante ciertas ventanas, que terminaba con una pelea general cuando, escaseando el dinero, parecía el vino más agrio y se disputaba por quién era el obligado á pagar.

Una de estas expediciones fué famosa en la Albufera. Duró más de una semana, y en todo este tiempo el tío Tòni no vió á su hijo en el Palmar. Se supo que la banda de alborotadores iba como una fiera suelta por la parte de la Ribera, que en Sollana apalearon á un guarda y en Sueca habían sido descalabrados dos de la cuadrilla en una pelea de taberna. La Guardia civil iba al alcance de esta expedición de locos.

Una noche avisaron al tío Tòni que su hijo acababa de aparecer en casa de Cañamèl con las ropas sucias de barro, como si hubiese caído en una acequia, brillándole aún en los ojos la borrachera de siete días. El sombrío trabajador fué allá, silencioso como siempre, con un ligero bufido que movía sus labios como si se pegasen uno á otro.

Su hijo bebía en el centro de la taberna con la sed del ebrio, rodeado de un público atento, al que hacía reir con el relato de las barrabasadas cometidas en esta expedición de recreo.

De un revés el tío Tòni le rompió el porrón que llevaba á su boca, abatiéndole la cabeza sobre un hombro. Tonet, anonadado por el golpe y viendo á su padre frente á él, se encogió por unos momentos; pero después, brillando en sus ojos una luz turbia é impura que daba miedo, se lanzó contra él, gritando que nadie le pegaba impunemente, ni aun su mismo padre.

Pero no era fácil rebelarse contra aquel hombretón grave y silencioso, firme como el deber, y que llevaba en sus brazos la energía de más de treinta años de continua batalla con la miseria. Sin despegar los labios contuvo á la fierecilla, que pretendía morderle, con una bofetada que le hizo tambalearse, y casi al mismo tiempo, con el empuje de uno de sus pies lo envió contra el muro, haciéndole caer de bruces en la mesilla de unos jugadores.

La gente se abalanzó sobre el padre, temiendo que en su cólera de atleta silencioso aporrease á todos los concurrentes de la taberna. Cuando se restableció la calma y soltaron al tío Tòni, su hijo ya no estaba allí. Había huído levantando los brazos en actitud desesperada... ¡Le habían pegado!... ¡á él, que tan temido era!... ¡y en presencia de todo el Palmar!...