Tonet fondeó su embarcación frente á la taberna del puerto y echó pie á tierra.
Vió enormes montones de paja de arroz, en los que picoteaban las gallinas, dando al amarradero el aspecto de un corral. En la ribera construían barquitos los carpinteros, y el eco de sus martillos se perdía en la calma de la tarde. Las embarcaciones nuevas, de madera amarilla recién cepillada, estaban sobre bancos, esperando la mano de alquitrán con que las cubrían los calafates. En la puerta de la taberna cosían dos mujeres. Más allá alzábase una choza de paja, donde estaba el peso de la Comunidad de Catarroja. Una mujer con una balanza formada por dos espuertas pesaba las anguilas y tencas que desembarcaban los pescadores, y terminado el peso, arrojaba una anguila en una gran cesta que conservaba á su lado. Era el tributo voluntario de la gente de Catarroja. El producto de esta sisa servía para costear la fiesta de su patrón San Pedro. Algunos carros cargados de arroz se alejaban, chirriando, con dirección á los grandes molinos.
Tonet, no sabiendo qué hacer, fué á meterse en la taberna, cuando oyó que alguien le llamaba. Tras uno de los grandes pajares, asustando á las gallinas que huían en desbandada, una mano le hacía señas para que se aproximase.
El Cubano fué allá y vió tendido, con el pecho al aire y los brazos cruzados tras la cabeza á guisa de almohada, al vagabundo Sangonera. Sus ojos estaban húmedos y amarillentos; sobre su cara, cada vez más pálida y enjuta por el alcohol, aleteaban las moscas, sin que él hiciera el más leve movimiento para espantarlas.
Tonet celebró este encuentro, que podía entretenerle durante su espera. ¿Qué hacía allí?... Nada: pasaba el tiempo, hasta que llegase la noche. Esperaba la hora de ir en busca de ciertos amigos de Catarroja, que no le dejarían sin cenar; descansaba, y el descanso es la mejor ocupación del hombre.
Había visto á Tonet desde su escondrijo y lo llamó, sin abandonar por esto su magnífica posición. Su cuerpo se había acomodado perfectamente en la paja, y no era caso de perder el molde... Después explicó por qué estaba allí. Había comido en la taberna con unos carreteros, excelentes personas, que le dieron unos mendrugos, pasándole el porrón á cada bocado y riendo sus chuscadas. Pero el tabernero, igual á todos los de su clase, apenas se fueron los parroquianos le había puesto en la puerta, sabiendo que por propia cuenta nada podía pedir. Y allí estaba matando al tiempo, que es el enemigo del hombre... ¿Había amistad entre ellos ó no? ¿Era capaz de convidarle á una copa?
El gesto afirmativo de Tonet pudo más que su pereza, y aunque con cierta pena, se decidió á ponerse de pie. Bebieron en la taberna, y después, lentamente, fueron á sentarse en un ribazo del puerto resguardado por tablas negras.
Tonet no había visto á Sangonera en muchos días, y el vagabundo le contó sus penas.
Nada tenía que hacer en el Palmar. Neleta la de Cañamèl, una orgullosa que olvidaba su origen, le había despedido de la taberna con el pretexto de que ensuciaba los taburetes y los azulejos del zócalo con el barro de sus ropas. En las otras tabernas todo era miseria: no acudía un bebedor capaz de pagar una copa, y él se veía forzado á salir del Palmar, á correr el lago, como en otros tiempos lo hacía su padre; á pasar de pueblo en pueblo, siempre en busca de generosos amigos.
Tonet, que con su pereza tanto había disgustado á su familia, se atrevió á darle consejos. ¿Por qué no trabajaba?...