La Borda debía saber algo: se leía en sus ojos puros, que parecían iluminar su fealdad; en la mirada compasiva y tierna que fijaba en Tonet, estremeciéndose por el peligro que había arrostrado en la noche anterior. En un momento que los dos jóvenes quedaron solos, ella se quejó con dolorosas exclamaciones. ¡Señor! ¡Si el padre sabía lo ocurrido!... ¡Lo iba á matar á disgustos!...

El tío Paloma no se presentó en la barraca: sin duda comía con Cañamèl. Por la tarde lo encontró Tonet en la plaza. Su rostro arrugado no reflejaba ninguna impresión, pero habló á su nieto con sequedad, aconsejándole que fuese á la taberna. El tío Paco tenía algo que decirle.

Tonet retardó algún tiempo la visita. Se entretuvo en la plaza viendo cómo se formaba la banda para tocar por última vez lo que la gente llamaba el pasacalle de las anguilas. Los músicos se consideraban chasqueados si al volver del Palmar no llevaban alguna pesca á sus familias. Todos los años, antes de partir, recorrían el pueblo entonando el último pasodoble, mientras al frente del bombo algunos chiquillos con espuertas iban recogiendo lo que cada vecina quería darles: anguilas, tencas y lisas, sin contar el llobarro (la buscada lubina) que los clavarios reservaban para el músico mayor.

La música rompió á tocar, andando con paso lento, para que las pescadoras depositasen sus ofrendas. Entonces fué cuando Tonet se decidió á entrar en casa de Cañamèl.

¡Buenas tardes, caballers!—gritó alegremente para darse ánimos.

Neleta, tras el mostrador, le lanzó una mirada indefinible y bajó la cabeza para que no viese sus ojeras profundas y los párpados enrojecidos por el llanto.

Cañamèl le contestó desde el fondo del establecimiento, señalando majestuosamente la puerta de las habitaciones interiores.

Pasa, pasa; tenim que parlar.

Los dos hombres entraron en un estudi inmediato á la cocina, que servía algunas veces de dormitorio á los cazadores de Valencia.

Cañamèl no dió tiempo á su socio para sentarse. Estaba lívido: sus ojillos brillaban más hundidos que nunca entre los bullones de grasa, y su nariz corta y redonda temblaba como un tic nervioso. El tío Paco abordó la cuestión. Aquello había de acabarse: ya no podían seguir juntos el negocio ni ser amigos. Y como Tonet intentase protestar, el gordo tabernero, que estaba en un momento de pasajera energía, tal vez el último de su existencia, le detuvo con un gesto. Nada de palabras: era inútil. Estaba resuelto á concluir; hasta el tío Paloma reconocía su razón. Habían emprendido el negocio con el trato de que él pondría el dinero y el Cubano el trabajo. Su dinero no había faltado: el esfuerzo del socio es lo que nadie veía. El señor lo pasaba á lo grande, mientras su pobre abuelo se mataba trabajando por él... ¡Y si sólo fuese esto! Se había metido en aquella casa como si fuese de su propiedad. Parecía el amo de la taberna. Comía y bebía de lo mejor; disponía del cajón como si no tuviese dueño; se permitía libertades que no quería recordar; se apoderaba de su perra, de su escopeta, y según decía ahora la gente... hasta de su mujer.