El nieto del tío Paloma, obediente como un niño, se negaba á beber y permanecía inmóvil en su asiento, respetado por todos, pues nadie ignoraba sus relaciones con la dueña de la casa.

Los parroquianos, que habían presenciado su intimidad en tiempos de Cañamèl, encontraban lógico que los dos se entendiesen. ¿No habían sido novios? ¿No se habían querido hasta el punto de excitar los celos del cachazudo tío Paco?... Se casarían ahora, tan pronto como pasasen los meses de espera que la ley exige á la viuda, y el Cubano daríase aires de legítimo dueño tras aquel mostrador que ya había asaltado como amante.

Los únicos que no aceptaban esta solución eran la Samaruca y sus parientes. Neleta no se casaría: estaban seguros de ello. Era demasiado mala aquella mujercita de melosa lengua para hacer las cosas como Dios manda. Antes que realizar el sacrificio de ceder á los parientes de la primera esposa lo que era muy suyo, preferiría vivir enredada con el Cubano. Para ella nada tenía esto de nuevo. ¡Cosas más grandes había visto el pobre Cañamèl antes de morir!...

Espoleados por el testamento que les ofrecía la posibilidad de ser ricos y por la convicción de que Neleta no había de allanarles el camino casándose, la Samaruca y los suyos ejercían un minucioso espionaje en torno de los amantes.

Por las noches, á altas horas, cuando se cerraba la taberna, la feroz mujerona, arrebujada en su mantón, espiaba la salida de los parroquianos, buscando entre ellos á Tonet.

Veía á Sangonera que se retiraba á su barraca con paso inseguro. Los compañeros le perseguían con sus burlas, preguntándole si había vuelto á encontrar al afilador italiano. Él, en medio de su embriaguez, se serenaba... ¡Pecadores! ¡Parecía imposible que siendo cristianos se burlasen de aquel encuentro!... Ya vendría el que todo lo puede, y su castigo sería no reconocerlo, no seguirlo, privándose de la felicidad reservada á los escogidos.

Algunas veces, al quedarse solo Sangonera ante su barraca, lo abordaba la Samaruca, surgiendo de la obscuridad como una bruja. ¿Dónde estaba Tonet? Pero el vagabundo sonreía maliciosamente, adivinando las intenciones de la mujerona. ¡Preguntitas á él! Y extendiendo sus manos con un gesto vago, como si quisiera abarcar toda la Albufera, contestaba:

¿Tonet? Per lo mon; per lo mon.

La Samaruca era infatigable en sus averiguaciones. Antes de romper el día ya estaba frente á la barraca de los Palomas, y al abrir la puerta la Borda entablaba conversación con ella, mientras lanzaba ávidas miradas al interior de la vivienda para ver si Tonet estaba dentro.

La implacable enemiga de Neleta adquirió la convicción de que el joven se quedaba por las noches en la taberna. ¡Qué escándalo! ¡Cuando sólo hacía unos meses que había muerto Cañamèl! Pero lo que más le irritaba de esta audacia amorosa era que el testamento del tabernero quedase sin cumplir y la mitad de sus bienes siguiera en poder de la viuda, en vez de pasar á los parientes de la primera mujer. La Samaruca hizo viajes á Valencia: se enteró de personas que conocían las leyes por la punta de las uñas, y pasó el tiempo en continua agitación, acechando noches enteras por los alrededores de la taberna, acompañada de parientes que habían de servirla de testigos. Esperaba que Tonet saliese de la casa antes del amanecer, para probar de este modo sus relaciones con la viuda. Pero las puertas de la taberna no se abrían en toda la noche: la casa permanecía obscura y silenciosa, como si todos durmiesen en su interior el sueño de la virtud. Por la mañana, cuando la taberna se abría, Neleta mostrábase tras el mostrador tranquila, sonriente, fresca, mirando á todos frente á frente, como la que nada tiene que reprocharse; y mucho tiempo después, Tonet aparecía como por arte de encantamiento, sin que los parroquianos supiesen ciertamente si había entrado por la puerta que daba á la calle ó la del canal.