Cuando el papelote quedó firmado, comenzaron a circular los dulces y las copas. El notario lucía su ingenio, mientras el famélico escribiente se atracaba en representación propia y de su principal.
Aquel don Julián era el encanto de su rudo auditorio. Ya verían de lo que era capaz el día de la boda. Don Vicente el cura y él se habían de emborrachar, brindando por la felicidad de los novios: palabra de honor.
A las once terminó la fiesta de las cartas. El cura acababa de retirarse escandalizado de estar en pie a aquellas horas teniendo que decir la misa primera; el alcalde le había acompañado, y salió por fin el tío Sènto con el notario y el escribiente, los que llevaba a dormir a su casa.
Las calles estaban oscuras. Más allá de la casa de Marieta estaba la densa lobreguez de los campos, de la que salían rumores de follaje y cantos de grillos. Sobre los tejados parpadeaban las estrellas en un cielo de intenso azul. Ladraban los perros en los corrales, contestando a los relinchos de las bestias de labor. El pueblo dormía, y el notario y su ayudante andaban con precaución, temiendo tropezar con algún pedrusco de aquellas calles desconocidas.
—¡Ave María purísima! —gritaba a lo lejos una voz acatarrada—; las onse... sereno.
Y don Julián sentíase algo intranquilo en aquella lobreguez. Le parecía ver bultos sospechosos, y en la esquina de la calle, espiando la puerta de Marieta, creyó distinguir gente en acecho...
¡Allá va! Y sonó un terrible chasquido, como si se rasgara a un tiempo toda la ropa blanca de la novia, y de la esquina surgió una gruesa línea de fuego que avanzó rápida y serpenteante con un silbido atroz, que puso los pelos de punta al buen notario.
Era un enorme cohete. ¡Vaya una broma! El notario se arrimó tembloroso a una puerta, mientras el escribiente casi caía a sus pies, y allí estuvieron los dos durante unos segundos, que les parecieron siglos, viendo con angustia cómo el petardo iba de una pared a otra como fiera enjaulada, agitando su rabo de chispas, conteniendo por tres o cuatro veces su silbante estertor, hasta que por fin estalló en horrendo trueno.
El tío Sènto había permanecido valientemente en medio de la calle... ¡Redéu! ya sabía él de dónde venía aquello.
—¡Chentòla indesent! —gritó con voz ronca por la rabia.