Ya era hora. Don Vicente esperaba en la iglesia, las campanas habían enmudecido y toda la comitiva nupcial salió en busca de la novia: ellas con su vestido hueco y la mantilla a los ojos, y los hombres arrastrando sus recias capas azules de larga esclavina y alto cuello, que les ponía rojas las orejas. Todo el pueblo esperaba a la puerta de la iglesia. Algunos parientes de la siñá Tomasa, violando la consigna de familia, estaban allí en última fila, y no pudiendo resistir la curiosidad, se empinaban pies en punta para ver mejor.
Primero, una turba de muchachos dando cabriolas en torno de Dimòni, que soplaba con la cabeza atrás y la dulzaina en alto, como si esta fuese una gran nariz con la que husmeaba el cielo, y después venían los novios; él con su sombrerón de terciopelo, su capa con mangas que le congestionaban el sudoroso rostro, y por bajo de la cual asomaban los pies con calcetines bordados y alpargatas finas.
¿Y ella? Las mujeres no se cansaban de admirarla. ¡Reina y siñora! Parecía una de Valencia con la mantilla de blonda, el pañolón de Manila que con el largo fleco barría el polvo; la falda de seda hinchada por innumerables zagalejos, el rosario de nácar al puño, un bloque de oro y diamantes como alfiler de pecho y las orejas estiradas y rojas por el peso de aquellas enormes polcas de perlas que tantas veces había ostentado la otra.
Esto sublevaba a los parientes de la difunta.
—¡Lladre! ¡més que lladre! —rugían mirando al tío Sènto.
Pero este se metió en la iglesia con expresión satisfecha, chispeándole los ojuelos bajo las enormes cejas; y tras él desfilaron los padrinos, el alcalde con su ronda, escopeta al hombro, y todos los convidados sudando la gota gorda bajo el peso de las ceremoniosas capas, con grandes pañuelos de atadas puntas pasados por el brazo y henchidos de confites que habían de tirar a la salida de la iglesia.
Los curiosos que quedaron en la puerta miraban a la taberna de la plaza. Hacia ella se fue el dulzainero, como si le molestasen los sonidos del órgano, y allí se encontró con el Desgarrat y sus amigotes, lo peorcito del pueblo, gente sospechosa que bebía silenciosamente, cambiando guiños y sonrisas con los enemigos del tío Sènto.
Algo se tramaba; las mujeres comentaban el caso con voz misteriosa, como si temieran que el pueblo fuese a arder por los cuatro costados.
Ya iba a salir la comitiva. ¡Gran Dios, qué batahola! Del polvo parecía surgir toda aquella chiquillería desgreñada y sucia que se arremolinaba en la puerta gritando ¡Armeles, confits!... mientras que Dimòni se aproximaba rompiendo a tocar la Marcha Real.
¡Allá va! Y el mismo tío Sènto soltó como un metrallazo el primer puñado de confites que, rebotando sobre las duras testas, se hundieron en el polvo, donde los buscaba a gatas la gente menuda, mostrando al aire las sucias posaderas.