—¡Pera agulletes! —decía Marieta con vocecita mimosa.
Y era un gozo ver la lluvia de oro que caía sobre el plato. Todos dieron, hasta el notario, que soltó cinco duros pensando en que ya se la vengaría al presentar la cuenta de honorarios, y el cura, con gesto de dolor, sacó dos pesetas alegando como excusa la pobreza de la Iglesia por culpa del liberalismo. ¡Ah, si mandasen los suyos!...
Marieta, abriendo el amplio bolsillo de su falda, vació el plato con un alegre retintín que regocijaba el oído.
La cosa marchaba. Hablaban todos a un tiempo, y la gente deteníase en la calle para admirar la alegría de los convidados.
Aquel vinillo claro, coronado de brillantes, surtía efecto. Todos querían brindar.
—¡Bomba... bombaa! —aullaban los más alegres.
Y se ponía en pie un socarrón, vaso en mano, y después de mirar a todos lados con sonrisa maliciosa que prometía mucho, rompía así:
Brindo y bebo
y quedo convidao para aluego.
Todos, a pesar de que este chiste le oyeron ya a sus abuelos, acogíanle con grandes risotadas, y gritaban palmoteando: