Despertábase su soberbia de hombre rudo acostumbrado a imponer su voluntad, y temblaba de pies a cabeza ante los feroces insultos.
Conformábase con el ruido: que golpeasen cuanto quisieran, pero que no cantase aquel perdido, pues sus coplas le aglomeraban la sangre a los ojos.
Pero el Desgarrat era infatigable, la gente acogía las coplas con aullidos de entusiasmo, y el viejo, ya trastornado, se hacía atrás como si en la oscuridad del estudi fuese a buscar algo.
Aún permaneció en el ventanillo viendo cómo la multitud abría paso a algunos amigos del Desgarrat que conducían en hombros un objeto largo y negro.
—¡Gori, gori, gori! —aullaba la multitud, parodiando el canto de los entierros.
Y el novio vio pasar en la punta de un palo, a guisa de un guión, unos cuernos, enormes, leñosos y retorcidos, y después un ataúd, en cuyo fondo descansaba un monigote con dos grandes marañas de pelo en lugar de las cejas.
¡Cristo, aquello era para él! Ya se atrevían a lanzarle en el rostro aquel apodo de Sellut que nadie había osado proferir en su presencia.
Rugió apartándose del ventanillo, buscó a lo largo de la pared, a tientas en la oscuridad, algo apoyó en su rostro contraído por la rabia y sonaron dos truenos que hicieron parar en seco la ruidosa cencerrada. Había tirado a ciegas, pero tal era su deseo de matar, que hasta estaba seguro de haber acertado.
Se apagaron las rojas antorchas, oyose el rumor de la gente que huía apresurada y algunas gritaban desde la calle:
—¡Pillo... asesino! El Sellut es. Asómat, granuja.