Las almejas, gente tranquila que huye del ruido, al ver aproximarse el torbellino de espuma y furiosos coletazos, replegábanse medrosicas, cerrando herméticamente las dos hojas de su negra vivienda; los erizos apelotonábanse, formaban el cuadro, presentando por todos lados sus haces de agudas bayonetas; los calamares sentían tal miedo, que se envolvían en su diarrea de tinta; los gatos de mar sacaban por entre las piedras sus chatas cabezas y vientres atigrados con trémula inquietud; las lapas agarrábanse a la roca con más fuerza que nunca; los langostinos ocultaban su transparencia de nácar bajo el brillante fanal de alguna caracola hueca; los salmonetes huían en bandadas, esparciéndose como el brillante chisporroteo de una hoguera aventada, y en aquel mundo verdoso e inquieto, el paso veloz del enfurecido animalote producía entre los torbellinos de la espuma un hervor de carmín y plata, de escamas que despedían al huir fantásticos reflejos y colas que se agitaban con la ansiedad del pánico.

Una rozadura del reig bastó para arrancarle dos patas a una langosta, y la pobrecita, apoyada en un salmonete que se prestaba a ser su procurador, emprendió la marcha hacia las Columbretes, para pedir justicia y venganza a algún tiburón de los que rondan aquellas islas.

Dos alegres delfines que estaban acabando de merendarse un atún putrefacto, levantaban sus morros de cerdo y se burlaban de su amigote gritando:

—¡A ese, a ese, que está loco!

Y decían verdad; si no estaba loco, poco le faltaba; aquella maldita risa del esparrelló la tenía siempre en los oídos, y el pobre animal corría y corría espoleado por la vergüenza de ser vencido.

Por fortuna, en el verdoso y confuso horizonte comenzaron a marcarse las masas negras de las estribaciones submarinas del cabo, con sus profundas cuevas, donde las señoras del golfo en estado interesante iban a depositar sobre el tapiz de hierba fina sus innumerables huevos.

El jadeante reig, que no podía ya con su alma, llegó junto a las rocas y dijo con angustioso ronquido:

—Ya llegué.

Pero la vocecilla cargante contestó con timbre de falsete:

—Yo primero.