Vosotros, infelices, que vestidos de paño pardo arrastráis una cadena en Ceuta y se os abren las carnes al recordar las terribles palabras de aquel que os acusaba, hubierais sentido asombro al ver al hombre austero como la ley, inquebrantable como el castigo, indignado como la venganza, pálido ahora, nervioso, pasando las noches inclinado sobre una cuna, estremeciéndose ante una respiración ronca, asfixiada, ocultándose en los rincones para quitarse los lentes y pasarse las manos por los ojos, gritando con acento desesperado: «¡Pilín... hijo mío, no te mueras!»
Pero por malos que seáis, no hubierais gozado con la caída del hombre inexorable, al verle después sombrío, reconcentrado, ante la misma cuna cubierta de flores blancas, pasando la mano temblorosa sobre la pálida frente de Pilín, helada con ese frío especial que sube por el brazo hasta el corazón, y mirando de vez en cuando al cielo con expresión desesperada, como si por allá arriba anduviese algún prófugo contra el que preparaba la más terrible de las acusaciones.
¡Pobre Pilín! ¿Qué has hecho? No más caperuzas; ya no te burlarás de la ley lanzando tu ruidosa protesta sobre la vindicta pública; tu eterna cuna será esa cajita blanca, coquetona, acolchada como una bombonera, que tu padre mira con ganas de deshacerla de una patada; ya no tendrás quien te acaricie la fina piel, quien besuquee la redonda faz con que escupías a la justicia; tu esclava está ahora mirando la pared con fijeza estúpida, abiertos los ojos como platos, con el asombro y el temor de una niña que ve romperse entre sus manos el más lindo juguete.
Bien emprendes tu viaje. Tu padre te coloca sobre el almohadillado de esa blanca barquilla que va a conducirte a lo desconocido; y partes indiferente, sin que te hagan estremecer las lágrimas que, resbalando tras unos lentes, caen sobre tu piel, ni te conmueven los alaridos de alguien que allá dentro da de cabeza contra las paredes.
En la calle suenan los cánticos de la parroquia; los señores del margen, escuadrón grave, estirado, de negra ropa y brillante sombrero, te ven pasar con la indiferencia del que está acostumbrado a sucesos más graves, y emprendes la marcha sobre los hombros de cuatro chicos reclutados en las porterías de la vecindad, que expresan su dolor hurgándose las narices con la mano que les queda libre.
Ya está lejos tu casa, los Estados donde imperabas como reyecillo absoluto; ahora solo te quedan la compasión oficial, los lamentos de buena educación, ese cortejo imponente y negro que te abandona en las afueras, satisfecho de haber cumplido con el compañero, charlando un rato de sus asuntos, mientras seguía tu blanco nido, y nosotros, los de última fila, los que veíamos un instante tu carita al subir la escalera, pensamos ahora con tristeza que no nos desvelará más tu nocturno lloriqueo.
¡Adiós, Pilín! Desapareces en un hueco de esa tétrica anaquelería, donde quedan almacenados y con rótulo los infinitos productos de la muerte. ¡Di adiós a todo! Al caliente salón donde te revolcabas panza arriba; a la mamá, loca en sus expansiones; al padre, que habrías hecho bailar de cabeza a tener tú gusto en ver de tal modo a un representante de la más cruel y respetable de las profesiones. Viniste para mostrar lo frágil de la comedia humana, para hacer ver que dentro de un acusador terrible hay siempre un hombre, y ahora, diablillo encantador, te vas satisfecho de tu triunfo. La noche que se acerca será tu madre; ¡adiós, tibias caricias! Tu piel de raso, tan adorada, ya no tendrá más besos que los del viento y la lluvia...
Por la noche entré en casa de mi vecino. La señora estaba adentro, en el salón, rodeada de sus amigas, ahogando con sus gemidos furiosos las frases hechas y los consuelos de encargo con que la abrumaban.
Él estaba en el despacho con la cabeza entre los puños, mirando fijamente con sus ojos de miope, enrojecidos y amoratados, un cucurucho de papel arrugado, la última caperuza de Pilín arrojada casualmente sobre la mesa. El hueco del embudo era siniestro. Tenía la misma expresión de fúnebre vacío que se notaba en la casa, libre de aquel monigote que lo llenaba todo con sus gritos; hacía recordar la abultada cabeza peliblanca, la bola de oro, que la muerte se había tragado.
Me escuchó distraído; no tengo la seguridad de que llegara a enterarse de mis palabras. De pronto le vi extender su mano automáticamente y encasquetarse la caperuza en el cogote, como si sintiera horror al vacío que mostraba el cucurucho.