Allí estaba en su centro, junto a los toneles pintados de rojo oscuro, entre las mesillas de cinc jaspeadas por las huellas redondas de los vasos, aspirando el tufillo del ajoaceite, del bacalao y las sardinas fritas que se exhibían en el mostrador tras mugriento alambrado, y bajo los suculentos pabellones que formaban, colgando de las viguetas, las ristras de morcillas rezumando aceite, los manojos de chorizos moteados por las moscas, las oscuras longanizas y los ventrudos jamones espolvoreados con rojo pimentón.
La tabernera sentíase halagada por la presencia de un huésped que llevaba tras sí la concurrencia, e iban entrando los admiradores a bandadas; no habían bastantes manos para llenar porrones; esparcíase por el ambiente un denso olor de lana burda y sudor de pies, y a la luz del humoso quinqué veíase a la respetable asamblea, sentados unos en los cuadrados taburetes de algarrobo con asiento de esparto y otros en cuclillas en el suelo, sosteniéndose con fuertes manos las abultadas mandíbulas, como si estas fueran a desprenderse de tanto reír.
Todas las miradas estaban fijas en Dimòni y su dulzaina.
—¡L’agüela! ¡Fes l’agüela!
Y Dimòni, sin pestañear, como si no hubiera oído la petición general, comenzaba a imitar con su dulzaina el gangoso diálogo de dos viejas, con tan grotescas inflexiones, con pausas tan oportunas, con escapes de voz tan chillones, que una carcajada brutal e interminable conmovía la taberna, despertando a las caballerías del inmediato corral, que unían a la baraúnda sus agudos relinchos.
Después le pedían que imitase a La Borracha, una mala piel que iba de pueblo en pueblo vendiendo pañuelos y gastándose las ganancias en aguardiente. Y lo mejor del caso es que casi siempre estaba presente la aludida y era la primera en reírse de la gracia con que el dulzainero imitaba sus chillidos al pregonar la venta y las riñas con las compradoras.
Pero cuando se agotaba el repertorio burlesco, Dimòni, soñoliento por la digestión del alcohol, lanzábase en su mundo imaginario, y ante su público silencioso y embobado, imitaba la charla de los gorriones, el murmullo de los campos de trigo en los días de viento, el lejano sonar de las campanas, todo lo que le sorprendía cuando por las tardes despertaba en medio del campo sin comprender cómo le había llevado allí la borrachera pillada la noche anterior.
Aquellas gentes rudas no se sentían ya capaces de burlarse de Dimòni, de sus soberbias chispas ni de los repelones que hacía sufrir al tamborilero. El arte, algo grosero, pero ingenuo y genial de aquel bohemio rústico, causaba honda huella en sus almas vírgenes y miraban con asombro al borracho que, al compás de los arabescos impalpables que trazaba con su dulzaina, parecía crecerse, siempre con la mirada abstraída, grave, sin abandonar su instrumento más que para coger el porrón y acariciar su seca lengua con el glu-glu del hilillo del vino.
Y así estaba siempre. Costaba gran trabajo sacarle una palabra del cuerpo. De él sabíase únicamente por el rumor de su popularidad que era de Benicófar, que allá vivía en una casa vieja, que conservaba aún porque nadie le daba dos cuartos por ella, y que se había bebido, en unos cuantos años, dos machos, un carro y media docena de campos que heredó de su madre.
¿Trabajar? No, y mil veces no. Él había nacido para borracho. Mientras tuviese la dulzaina en las manos, no le faltaría pan, y dormía como un príncipe cuando, terminada una fiesta y después de soplar y beber toda la noche, caía como un fardo en un rincón de la taberna o en un pajar del campo, y el pillete tamborilero, tan ebrio como él, se acostaba a sus pies cual un perrillo obediente.