Y mediando por ambas partes excelentes amigos, se llegó al arreglo.

Aquella buena armonía alegraba el alma, y los satélites de ambos bandos conmovíanse en el cafetín del Cubano al ver cómo los Bandullos mayores, hombres sesudos, carianchos y cuidadosamente afeitados con cierto aire monacal, distinguían a Pepet y le ofrecían copas y cigarros; finezas a las que respondía con gruñidos de satisfacción aquel gañán ribereño, negro, apretado de cejas, enjuto y como cohibido al no verse con alpargatas, manta y retaco al brazo, tal como iba en su pueblo a ejecutar las órdenes del cacique. De su nuevo aspecto solo le causaba satisfacción la gruesa cadena de reloj y un par de sortijas con enormes culos de vaso, distintivos de su fortuna que le producían infantil alegría.

El único que en la respetable reunión podía meter la pata era el menor de los Bandullos: un chiquillo fisgón e insultadorcillo que abusaba del prestigio de la familia, sin más historia ni méritos que romper el capote a los municipales o patear el farolillo de algún sereno siempre que se emborrachaba; hazañas que obligaban a sus poderosos hermanos a echar mano de las influencias pidiendo a este y al otro que tapasen tales tonterías a cambio de sus buenos servicios en las elecciones.

Él era el único que se había opuesto a las paces con Pepet, y no mostraba ahora en un día de concordia y olvido, la buena crianza de sus hermanos. Pero ya se encargarían estos de meter en cintura a aquel bicho ruin que no valía una bofetada y quería perder a los hombres de mérito.

Salieron todos del cafetín formando grupo por el centro del arroyo, con aire de superioridad, como si la ciudad entera fuese suya, saludados con sonriente respeto por las parejas de agentes que estaban en las esquinas.

¡Vaya una partida! Marchaban graves, como si la costumbre de hacer miedo les impidiese sonreír; hablaban lentamente, escupiendo a cada instante, con voz fosca y forzada, cual si la sacaran de los talones, y se llevaban las manos a las sienes atusándose los bucles y torciendo el morro con compasivo desprecio a todo cuanto les rodeaba.

Por un contraste caprichoso, aquellos buenos mozos malcarados exhibían como gala el pie pequeño, usaban botas de tacón alto adornadas con pespuntes, lo que les daba cierto aire de afeminamiento, así como los pantalones estrechos y las chaquetas ajustadas, marcando protuberancias musculosas o míseros armazones de piel y huesos en que los nervios suplían a la robustez.

Los había que empuñaban escandalosos garrotes o barras de hierro forradas de piel, golpeando con estrépito los adoquines, como si quisieran anunciar el paso de la fiera; pero otros usaban bastoncillos endebles o no se apoyaban en nada, pues bastante compañía llevaban sobre las caderas con el cuchillo como un machete y la pistola del quince, más segura que el revólver.

Aquel desfile de guapos detúvose en todos los cafetines del tránsito para refrescar con medias libras de aguardiente, convidando a los policías conocidos que encontraban al paso, y cerca de las doce llegaron a la alquería del camino de Burjasot, donde la paella burbujeaba ya sobre los sarmientos, faltando solo que la echasen el arroz.

Cuando se sentaban a comer estaban medio borrachos, mas no por esto perdieron su fúnebre y despreciativa gravedad.