Aquello era un escándalo, una profanación, y los curas de los pueblos sermoneaban al dulzainero:

—Pero ¡gran demonio! Cásate al menos, ya que esa perdida se empeña en no dejarte ni aun en la procesión. Yo me encargaré de arreglaros los papeles.

Pero aunque él decía a todo que sí, maldito lo que le seducía la proposición. ¡Casarse ellos! ¡Bueno va!... ¡cómo se burlaría la gente! Mejor estaban así las cosas.

Y en vista de su tozuda resistencia, si no le quitaron las fiestas, por ser el más barato y mejor de los dulzaineros, despojáronle de todos los honores anexos a su cargo, y ya no comió más en la mesa de los clavarios, ni se le dio el pan bendito, ni se permitió que entrasen en la iglesia el día de la fiesta semejante par de herejazos.

III

Ella no fue madre. Cuando llegó el momento, arrancaron en pedazos, de sus entrañas ardientes, aquel infeliz engendro de la embriaguez.

Y tras el feto monstruoso y sin vida, murió la madre ante la mirada asombrada de Dimòni, que, al ver extinguirse aquella vida sin agonía ni convulsiones, no sabía si su compañera se había ido para siempre o si acababa de dormirse como cuando rodaba a sus pies la botella vacía.

El suceso tuvo resonancia, y las comadres de Benicófar se agrupaban a la puerta de la casucha para ver de lejos a La Borracha tendida en el ataúd de los pobres y a Dimòni en cuclillas junto a la muerta, voluminoso, lloriqueando y con la cerviz inclinada, como un buey melancólico.

Nadie del pueblo se dignó entrar en la casa. El duelo se componía de media docena de amigos de Dimòni, haraposos y tan borrachos como este, que pordioseaban por los caminos, y del sepulturero de Benicófar.

Pasaron la noche velando a la difunta, yendo por turno cada dos horas a aporrear la puerta de la taberna pidiendo que les llenasen una enorme bota, y cuando el sol entró por las brechas del tejado, despertaron todos, tendidos en torno de la difunta, ni más ni menos que los domingos por la noche cuando en fraternal confianza caían en algún pajar a la salida de la taberna.