—¿Quién es?

—Un pobre soldado de caballería —contestó una voz triste—. Me acaban de matar peleando contra los infieles, enemigos de Dios, y aquí vengo sobre mi caballo.

—Pasa, pobrecito, pasa —dijo el santo abriendo media puerta.

Y vio en la sombra al soldado dando talonazos a su corcel, que no sabía estarse quieto. ¡Animal más nervioso!... Varias veces intentó el venerable portero buscarle la cabeza, pero fue imposible. Dando saltos le presentaba siempre la grupa, y al fin, el santo, temiendo que le soltara un par de coces, se apresuró a decir, acariciando con palmaditas aquellas ancas finas y gruesas:

—Pasa, soldadito; pasa adelante y veas de aquietar a esta bestia.

Y mientras el padre Salvador se colaba cielo adentro sobre la grupa de la monja, San Pedro cerró la puerta por aquella noche, murmurando con admiración:

—¡Rediós, y qué batalla están dando allá abajo! ¡Qué modo de pegar! A la pobre jaca no le han dejado... ni el rabo.

El establo de Eva


Siguiendo con mirada famélica el hervor del arroz en la paella, los segadores de la masía escuchaban al tío Correchòla, un vejete huesudo que enseñaba por la entreabierta camisa un matorral de pelos grises.