Como un búho, permanecía en el fondo de su guarida mientras brillaba el sol, y a la caída de la tarde salía del pueblo cautelosamente, como ladrón que va al acecho, y por una brecha del muro se colaba en el cementerio, un corral de suelo ondulado que la Naturaleza igualaba con matorrales, en los que pululaban las mariposas.
Y por la noche, cuando los jornaleros retrasados volvían al pueblo con la azada al hombro, oían una musiquilla dulce e interminable que parecía salir de las tumbas.
—¡Dimòni!... ¿Eres tú?
La musiquilla callaba ante los gritos de aquella gente supersticiosa, que preguntaba por ahuyentar su miedo.
Y luego, cuando los pasos se alejaban, cuando se restablecía en la inmensa vega el susurrante silencio de la noche, volvía a sonar la musiquilla, triste como un lamento, como el lloriqueo lejano de una criatura llamando a la madre que jamás había de volver.
¡Cosas de hombres!...
Cuando Visentico, el hijo de la siñá Serafina, volvió de Cuba, la calle de Borrull púsose en conmoción.
En torno de su petaca, siempre repleta de picadura de la Habana, agrupábase la chavalería del barrio, ansiosa de liar pitillos y escuchar estupendas historias con credulidad asombrosa.
—En Matanzas tuve yo una mulatita que quería nos casáramos lueguito... lueguito. Tenía millones, pero yo no quise porque me tira mucho esta tierresita.