—Nada me queda que dar —dijo—. Sus hermanos se lo han llevado todo. Ya pensaré, mujer; ya veremos más adelante.

San Miguel empujaba a Eva para que no importunase más al amo, pero ella seguía suplicando:

—Algo, Señor; dadles cualquier cosa. ¿Qué van a hacer estos pobres en el mundo?

El Señor deseaba irse, y salió de la masía.

—Ya tienen destino —dijo a la madre—. Esos se encargarán de servir y mantener a los otros.

—Y de aquellos infelices —terminó el viejo segador— que nuestra primera madre ocultó en el establo, descendemos nosotros los que vivimos encorvados sobre la tierra.

La tumba de Alí-Bellús


—Era en aquel tiempo —dijo el escultor García— en que me dedicaba, para conquistar el pan, a restaurar imágenes y dorar altares, corriendo de este modo casi todo el reino de Valencia.

Tenía un encargo de importancia: restaurar el altar mayor de la iglesia de Bellús, obra pagada con cierta manda de una vieja señora, y allá fui con dos aprendices, cuya edad no se diferenciaba mucho de la mía.