Sí, un moro. ¡Qué lista era! Estaba envuelto en un manto que brillaba como el oro, y a sus pies una inscripción en letras enrevesadas que no las entendería el mismo cura; pero como yo era pintor, y los pintores lo saben todo, la había leído de corrido. Y decía... decía... ¡ah, sí! decía: «Aquí yace Alí-Bellús; su mujer Sarah y su hijo Macael le dedican este último recuerdo.»
Un mes después supe en Valencia lo que ocurrió apenas abandoné el pueblo. En la misma noche, la siñá Pascuala juzgó que era bastante heroísmo callarse durante algunas horas, y se lo dijo todo a su marido, el cual lo repitió al día siguiente en la taberna. Estupefacción general. ¡Vivir toda la vida en el pueblo, entrar todos los domingos en la iglesia y no saber que bajo sus pies estaba el hombre de la gran barba, de la toalla en la cabeza, el marido de Sarah, el padre de Macael, el gran Alí-Bellús, que indudablemente habría sido el fundador del pueblo!... Y todo esto lo había visto un forastero, sin más trabajo que llegar, y ellos no. ¡Cristo!
Al domingo siguiente, apenas el cura abandonó el pueblo para comer con un párroco vecino, una gran parte del vecindario corrió a la iglesia. El marido de la siñá Pascuala anduvo a palos con el sacristán para quitarle las llaves, y todos, hasta el alcalde y el secretario, entraron con picos, palancas y cuerdas. ¡Lo que sudaron!... En dos siglos lo menos no había sido levantada aquella losa, y los mozos más robustos, con los bíceps al aire y el cuello hinchado por los esfuerzos, pugnaban inútilmente por removerla.
—¡Fòrsa, fòrsa! —gritaba la Pascuala capitaneando aquella tropa de brutos—. ¡Abaix está el mòro!
Y animados por ella redoblaron todos sus esfuerzos, hasta que después de una hora de bufidos, juramentos y sudor a chorros, arrancaron no solo la losa, sino el marco de piedra, saltando tras él una gran parte de los ladrillos del piso. Parecía que la iglesia se venía abajo. Pero buenos estaban ellos para fijarse en el destrozo... Todas las miradas eran para la lóbrega sima que acababa de abrirse ante sus pies.
Los más valientes rascábanse la cabeza con visible indecisión; pero uno más audaz se hizo atar una cuerda a la cintura y se deslizó murmurando un credo. No se cansó mucho en el viaje. Su cabeza estaba aún a la vista de todos cuando sus pies tocaban ya el fondo.
—¿Qué veus? —preguntaban los de arriba con ansiedad.
Y él se agitaba en aquella lobreguez, sin tropezar con otra cosa que montones de paja arrojada allí hacía muchos años después de un desestero, y que putrefacta por las filtraciones despedía un hedor insufrible.
—¡Busca, busca! —gritaban las cabezas formando un marco gesticulante en torno de la lóbrega abertura. Pero el explorador solo encontraba coscorrones, pues al avanzar su cabeza chocaba contra las paredes. Bajaron otros mozos, acusando de torpeza al primero, pero al fin tuvieron que convencerse de que aquel pozo no tenía salida alguna.
Se retiraron mohínos entre la rechifla de los chicuelos, ofendidos porque les habían dejado fuera de la iglesia, y el griterío de las mujeres, que aprovechaban la ocasión para vengarse de la orgullosa Pascuala.