Urquiola rompió á reír con una carcajada insolente. ¡La ciencia! ¡La moderna ciencia de los revolucionarios y los impíos! Ya sabía él lo que era aquello. Y la definía con arreglo al libro de un Padre famoso de la Compañía. «Cogiendo un catecismo del Padre Ripalda y escribiendo no donde el catecismo dice y donde dice no, se tiene hecha y derecha toda la pretendida ciencia moderna.» Urquiola se pavoneaba con esta definición que convertía el catecismo en centro de todos los pensamientos humanos, colocando al Padre Ripalda por encima de todos los grandes hombres de la historia. Doña Cristina, creyendo que esta definición tan clara era obra de su sobrino, admiraba su talento.

Pero el abogado no se fijó en esta admiración, enardecido por la proximidad de su triunfo. Allí quería él al doctor, ¿Conque la ciencia podía servir de medio é instrumento á la moral?... En Deusto, aunque Aresti no lo creyera, también les enseñaban algo de la ciencia moderna. Levantaban nada más que una punta del velo que ocultaba este cúmulo de impiedades, para aplastarlas con el santo peso de las buenas doctrinas. Él conocía un poquito de la ciencia moderna, para apreciar su grosero materialismo, incompatible con todo ideal, é instrumento de toda desmoralización.

El hombre era una bestia para aquella ciencia. El instinto reemplazaba al alma: nada del Dios omnipotente que había formado el mundo: nada de existencia espiritual después de perecer la materia. Esta vida sólo tenía por escenario la tierra. Luego de la muerte un poco de podredumbre: polvo: nada. Como no existía otra vida, no existían castigos y todos podían hacer lo que mejor placiera á sus instintos, sin miedo á la cólera de Dios. ¡La bestia libre y sin sanción alguna! Ya que no había que temer á los castigos, ¿para qué renunciar á la satisfacción de los apetitos? ¿Por qué imponerse privaciones respetando á los semejantes?... ¡A burlarse de nuestros antecesores, unos tontos que contenían sus pasiones por la esperanza del cielo ó el miedo al infierno! Los fuertes deben aplastar á los débiles: los débiles deben apelar á la astucia y la maldad para salvarse de los fuertes. A nadie hemos pedido venir al mundo, y nadie nos exigirá cuentas cuando volvamos á confundirnos con la tierra. El vicio es lo mismo que la virtud: el crimen y la bondad valen igual: vivamos y gocemos todo lo que nos sea posible, sin escrúpulo alguno, ya que nadie nos ha de pedir cuentas.

—¿Es esta su moral, doctor—preguntaba irónicamente el abogado.—¿No es esto lo que se desprende de la ciencia moderna?...

Las dos mujeres mostraban su admiración por Urquiola con miradas de lástima al médico. Hasta Sánchez Morueta, que permanecía con la cabeza baja, como molestado por una polémica cuya intención adivinaba, levantó los ojos fijándolos con cierta extrañeza en el abogado. Aquel muchacho no se expresaba mal. Ya no le creía tan necio, y pensaba si su mujer tendría razón al elogiar sus cualidades.

Aresti acogió la sarcástica descripción de aquella sociedad sin Dios, con rostro impasible. Si la religión era un freno para los apetitos y las violencias ¿por qué la criminalidad era más frecuente en los pueblos atrasados y devotos que en aquellos otros de mayor cultura? ¿Cómo era que los mayores crímenes de la historia habían coincidido con los períodos en que el entusiasmo religioso era más ardiente?

El médico hablaba en nombre de la ciencia, para la cual la falta de moralidad y el crimen sólo son resultados de la incultura ó de una regresión parcial del cerebro. Además, ¿de dónde sacaba Urquiola que porque no existiese una sanción divina para la moral, porque el hombre no sintiera el temor á los castigos eternos, se había de entregar á la violencia atropellando á sus semejantes? El hombre de mentalidad desarrollada, sabía que aunque condenado por la naturaleza á desaparecer, no por esto desaparecería la humanidad de la que forma parte. Sólo el ser inculto y brutal, con el egoísmo de la ignorancia podía incurrir en tales crímenes. Sólo podían pensar así los pobres de inteligencia que forman la principal masa de todas las religiones; los que no ven en el mundo nada más allá de su propia individualidad egoísta; los que sólo aman la virtud como un pasaporte para entrar en la vida eterna, y sí hacen algún bien es con la idea de que giran una letra sobre el porvenir para que se la paguen con un puesto en el cielo.

Quedaban aún muchos seres de una mentalidad limitada, semejante á la de los hombres primitivos, que sólo se preocupaban de sus personas ó, cuando más, de sus familias. Cada uno de ellos concibe la vida como si su individualidad fuese el centro del universo, no interesándole más que lo que ve y lo que toca. Esos, en su egoísmo, tienen tal concepto de la importancia de su persona, que necesitan que ésta se perpetúe después de la muerte, admitiendo como indispensables los cielos y los castigos inventados por las religiones.

El hombre emancipado por la ciencia, se preocupa de la suerte de la humanidad tanto ó más que de la de su individuo. Sabe que es un componente de una familia infinita, siente la solidaridad que le liga á su especie, está seguro de que su pensamiento vivirá aún después de haberse corrompido su cerebro y no se satisface con la saciedad de sus sentidos. Tiene la inteligencia más desarrollada que los órganos animales, y sus mayores placeres residen en ella. Por lo mismo que no duda de que su organismo material ha de morir para siempre, siente la necesidad de dejar rastro de su paso por el mundo con una buena acción. En vez de querer inmortalizarse como los devotos en un bienestar celeste (deseo egoísta que ningún beneficio proporciona á los demás), desea sobre vivirse en la especie, que es eterna, procurando á ésta la parte de bienestar ó felicidad á que puede contribuir con el trabajo de su vida. ¿Qué moral más generosa?... El ensueño individual y egoísta de un cielo falso é inútil, lo sustituye el hombre moderno con el ideal colectivo, que está de acuerdo con su razón y le procura las más altas satisfacciones morales.

—Hacer el bien á los semejantes—continuó Aresti—sin esperanza de recompensa ni miedo al castigo, como lo hacemos los impíos modernos, los hombres del materialismo, es ser más idealista que el devoto que compra su parte de paraíso con oraciones que no remedian ningún mal de la tierra.