Pasado medio día, terminaron las pruebas de los bueyes y se desparramó el gentío por la población. Lo más interesante de la fiesta, las luchas de los aizkoralaris ó partidores de leña y la apuesta de los barrenadores, quedaba para la tarde.

Aresti y sus amigos comieron en el casino del pueblo, alarmando á los del país con los taponazos del champagne y la exhibición de las carteras repletas de billetes que arrojaban sobro las mesas con afectado desprecio. Llegaban nuevas gentes por todos los caminos, atraídas por la fama de la gran apuesta de la tarde. Aresti había salido a la calle huyendo de la atmósfera pesada del casino, cargada de gritos y nubes de tabaco. Veía llegar los coches llenos de gente: las carretas ocupadas por familias mientras el aldeano marchaba a la cabeza de la yunta, guiándola con su larga vara; grupos de caseros en mangas de camisa, con la chaqueta y la boina al extremo del garrote que llevaban al hombre como un fusil.

Cerca de la plaza, vió el médico que la gente se detenía ante una taberna, formando compacto grupo y mirando á lo alto. En un balcón cantaba un viejo, de tan elevada estatura, que su boina parecía tocar el alero. En la calle se había hecho espontáneamente un gran silencio, y el viejo, inmóvil y grave, seguía su canturria con cierta seriedad sacerdotal. Cuando terminó su última estrofa en vascuence, con una entonación aguda, todo el concurso prorrumpió en risotadas, que contrastaban con la gravedad del cantor. Pero aún no se había extinguido la carcajada del público, cuando sonó una nueva voz más aguda y estridente desde el balcón de otra taberna, y Aresti vió á un jayán que cantaba como si contestase al viejo, mientras éste le escuchaba sin pestañear, preparando mentalmente la contrarréplica.

El doctor conocía á aquellas gentes. Eran los versolaris, los trovadores éuscaros que se mostraban en todas las fiestas. La poesía florecía en las tabernas con el bullicio de la embriaguez. Eran rudos campesinos que no sabían leer, pero que mostraban cierto ingenio y una gran facilidad de improvisación. Sus versos sólo tenían de tales las rimas, con una completa ausencia de sentimiento poético. Lo que la muchedumbre admiraba en ellos era el ingenio satírico, lo grotesco del chiste y, sobre todo, la facilidad en la respuesta. En estas batallas de viva voz, un versolari iniciaba el tema, seguro de que al momento surgiría la contestación de sus rivales; y así, prolongándose el razonamiento de unos á otros, agarrando cada cual el hilo de la interminable canturria donde lo abandonaba el enemigo, hacían pasar al público embobado horas enteras. Estos vagabundos se mantenían de sus versos, y en plena vida rural, llevaban la existencia independiente de fiera miseria y alegre parasitismo de los artistas de la bohemia en las grandes ciudades.

Aresti admiraba la sencilla fe de aquel pueblo niño que reía las gracias de los versolaris y admiraba sus chistes inocentes, incapaces de producir la más leve impresión en un hombre de la ciudad. En esta sana alegría encontraba el médico la gravedad del hombre del campo, su alma sobria á la que basta la más insignificante broma para alegrarse. Eran espíritus nuevos, eternamente infantiles que al ponerse en movimiento divertíanse con cualquier cosa. Sabían que los versolaris eran graciosos por tradición y esto bastaba para que todos rieran aun antes de comprender sus palabras.

El doctor observaba una vez más el carácter de la poesía entre los hombres del campo. La naturaleza estaba ausente casi siempre de los versos populares. Las estrofas campesinas, cantan guerras y amores, la tristeza de la partida y la alegría del retorno, celos y desesperación, ó se ejercen en la burla de los convecinos: pero nunca describen la belleza de los campos, ó la majestuosa serenidad que desciende del cielo. Viviendo en la eterna monotonía de las bellezas naturales, no ven en ellas nada de extraordinario, sintiendo con más intensidad los sucesos que tocan de cerca á sus personas. Tal vez son ciegos para la hermosura de la tierra, condenados á luchar con ella eternamente, á vencerla y violarla para sacar de sus entrañas el sustento.

Más de una hora llevaban los versolaris lanzándose razonamientos de balcón á balcón. Ahora eran cuatro los contendientes y la muchedumbre volvía sus cabezas á un lado ó á otro, según el sitio de donde partía la voz. Todos los trovadores recibían como popular homenaje las carcajadas del público, pero el que parecía triunfar era un viejo desdentado y de cara maliciosa, sacristán de una anteiglesia de Vizcaya que tenía gran renombre por el atrevimiento de sus chistes. De vez en cuando algún admirador salía al balcón ofreciendo el jarro á su poeta, y éste, después de largo trago, acometía con nueva fuerza sus canturrias.

A media tarde, cuando gran parte de la plaza estaba en la sombra, corrió á ella la gente, oyendo el silbido del chistu, que hacía locas escalas, acompañado por el monótono baqueteo del tamboril. Los versolaris se ocultaron. Iba á comenzar la parte más interesante de la fiesta.

Los mineros bilbaínos, rojos y sudorosos en su digestión de ogros, fumando como chimeneas y eructando el champagne, ocuparon los mejores sitios desafiando á todos con sus retos. ¡A ver! ¿quién quería apostar? No había que tener miedo por cantidad más ó menos: había cartera de sobra para todos. Y exhibían ante la mirada atónita de los caseros, habituados á la vida sobria y humilde de la montaña, aquellas riquezas en fajos de papel mugriento. Los más acomodados del país se acercaban á ellos, aceptando sus apuestas con una sonrisa que parecía implorar perdón.

La fiesta comenzó por la lucha de los aizkoralaris. Habían colocado en el centro de la plaza varios troncos enormes, sujetos por palos hincados en la tierra, para que no rodasen. Sonó de nuevo el chistu y el dambolin, y salieron los partidores de leña, llevando al hombro sus hachas relucientes. Arrojaron á un lado las boinas y alpargatas, y subiéndose sobre los troncos, comenzaron su trabajo.