Y la gran plaza ennegrecíase de gentío inquieto. Una masa de cabezas cubría las aceras y las calles inmediatas. El centro del Arenal estaba desierto: quedaba un gran espacio libre, del que se apartaba instintivamente la gente: un vacío que parecía destinarse al choque de unos y otros.
Aresti se sintió de pronto arrastrado por un violento empellón de la muchedumbre, estremecida al adivinar la proximidad del enemigo. Estalló una tempestad de gritos en una calle inmediata. Eran aclamaciones interrumpidas por tiros.
Por encima del oleaje de cabezas pasaban en un vaivén tempestuoso los estandartes de la primera procesión. El médico, sin saber cómo, en uno de los empujones de la multitud, se vió en mitad del Arenal, cerca del desfile de devotos. Iban en grupos, con la cabeza descubierta; los hombres, empuñando grandes garrotes, y llevando al pecho el escapulario de la Virgen de Begoña; las mujeres escoltaban á los curas, mirando á la muchedumbre con sus ojos de hembras duras y fanáticas. Cesaron los disparos al entrar la procesión en la plaza. Entonaban los romeros un himno en vascuence á la Señora de Vizcaya, y de los grupos salía, como respuesta, La Marsellesa ó La Internacional.
Agrupáronse los devotos ante la portada de San Nicolás, y la muchedumbre avanzó lentamente hacia ellos. Estrechábase el espacio entre unos y otros, los palos levantábanse amenazantes, los insultos alternaban con los cánticos. De repente, el gentío se hizo atrás, volviendo sus mil cabezas. Una nueva procesión llegaba por el puente. Se había reunido en la Residencia de los jesuítas: era lo más brillante del ejército devoto que iba á subir á Begoña; el señorio de Bilbao, en el que figuraban las familias ricas de la villa, los agitadores del bizkaitarrismo, los alumnos de Deusto. Los Padres de la Compañía más famosos, presidían las asociaciones obreras organizadas por ellos para contener la impiedad creciente del pueblo.
Desfilaban en grupos, con mirada de reto, abombando el pecho para que se viera bien el distintivo de la Virgen, con una mano oculta en los bolsillos, marcándose en la tela el rígido contorno de las armas de fuego. Las señoras caminaban con paso marcial, sin parecer intimidadas por la actitud hostil del gentío, como damas altivas que no temen al mal gesto de su servidumbre, mirando con desprecio á toda aquella balumba de pobretones que se sustentaban de lo que sus poderosas familias querían darles.
Estalló un trueno de gritos, insultos é imprecaciones. Aresti vió pasar á Urquiola con el revólver fuera del bolsillo, seguido de alumnos de Deusto y de fuertes aldeanos, como un cabecilla, orgulloso de poder realizar dentro de Bilbao lo que sus antecesores sólo intentaron en las montañas inmediatas, durante los dos famosos sitios.
—¡Viva Vizcaya! ¡Viva la religión y Nuestra Señora de Begoña! ¡Mueran los liberales!
Algunos discípulos de la Universidad jesuítica, pareciéndoles estas aclamaciones demasiado vulgares, daban vivas á la Unidad Católica, y los aldeanos los contestaban con rugidos de entusiasmo, sin entender lo que aquello significaba, pero adivinando que debía ser algo contra los impíos de la odiada Bilbao.
Aresti vió pasar á la mujer y la hija de Sánchez Morueta. Después á las de Lizamendi en un grupo de señoras, con la falda ceñida y el andar arrogante. Miraban á todos lados como si buscasen á alguien entre el gentío hostil, y al verle, la madre y la hija mayor casi sonrieron satisfechas de no haberse equivocado. ¡También estaba allí!... El mal hombre estaba donde le correspondía. El médico vió la mirada de resignación y de lástima que su mujer dirigía al ciego, como si pidiese, con lamentos de víctima, perdón para su alma perdida. Luego vió destacarse de un grupo de sotanas á su enorme primo, que marchaba con la cabeza descubierta, brillando la condecoración de la Virgen entre la celosía de sus barbas, con la mirada arrogante, una mirada dura y hostil desconocida por Aresti.
El médico no pudo ver más. Creyó de pronto que se abría el suelo de la plaza y que huían todos, chocando unos contra otros con el terror de la fuga. Algunos palos rompiéronse en pedazos; sonaban las espaldas al recibir los golpes con un ruido de cofres vacíos; caían muchos con la cara cubierta de sangre, tropezando en sus cuerpos los que huían, y comenzaron á sonar por todos lados, como chasquidos de tralla, los tiros de los revólvers.