El doctor contemplaba la fuga del ídolo sobre las aguas, y, como atraído por él, lo seguía á lo largo de la ribera.

Soñaba en el día glorioso de la humana redención: cuando desapareciesen los dioses y diosecillos de afeminada sonrisa que habían mantenido á los hombres durante siglos en la esclavitud, cantándoles la canción de la humildad y la repugnancia á la vida, arrullándolos en su eterna niñez, con la apología de la resignación cobarde ante las injusticias terrenales, como medio seguro de ganar el cielo...

No: aquellos ídolos habían engañado á la humanidad demasiado tiempo y debían morir. Sus días aún serían largos, pero estaban contados. Los hombres comenzaban á maldecirlos, tendiendo hacia ellos las manos hostiles con la sublime rebeldía del sacrilegio. Eran los alcahuetes de la injusticia. Bajarían de sus altares como habían descendido los dioses del paganismo cuando les llegó su hora, siendo más hermosos que ellos. Quedarían en los museos entre las divinidades del pasado, sin lograr siquiera, en su fealdad, la admiración que inspira la armoniosa desnudez: se confundirían con los fetiches grotescos de los pueblos primitivos, y la humanidad, incapaz ya de envolver en formas groseras sus aspiraciones y anhelos, adoraría en el infinito de su idealismo las dos únicas divinidades de la nueva religión: la Ciencia y la Justicia Social.

FIN

Playa de la Malvarrosa (Valencia).
Abril-Junio de 1904.


DEL MISMO AUTOR