Su amistad con Sánchez Morueta, que databa de la infancia, le había proporcionado un retiro en tierra. Era el inspector de los numerosos barcos de la casa; y además, no cargaba un buque extranjero minerales de su principal que no lo despachase él, acumulando así una pequeña fortuna que le envidiaban sus antiguos compañeros de navegación. Era bilbaíno á la antigua en todas sus aficiones. Su mayor placer era salir el domingo con la escopeta al hombro á cazar chimbos en los montes, pajarillos de varias clases, que habían proporcionado un mote á los hijos de la villa. El mayor de los regalos era subirse, en las tardes que no tenía trabajo, á algún chacolín del camino de Begoña á saborear el bacalao á la vizcaína, rociándolo con el vinillo agrio del país. Sus amigos chacolineros pasaban por el despacho para noticiarle misteriosamente cuándo se abría pipa nueva.

—Capitán, esta tarde, donde Echevarri, dan espiche á un chacolín de dos años.

Y el capitán abandonaba su despacho que, por lo desarreglado y pobre, parecía un cuarto de marinería, sin más adornos que una mesa vieja, algunas sillas, un botijo en un rincón y algunas fotografías de buques en las paredes. Parecía imposible que allí se hablase de negocios que importaban millones. Un barómetro enorme, dorado y con vistosos adornos, regalo de Sánchez Morueta, era el único objeto notable y el que más estimaba el capitán, pues, por sus hábitos de hombre de mar, siempre se estaba preocupando del tiempo.

—Tenía muchas ganas de verte—dijo Iriondo, ocupando de nuevo su sitio ante la mesa.—¡Las veces que he pensado en ir á pasar un día en las minas! Allí hay caza ahora, ¿verdad? Sólo que la gente acomodada parece que no se dedica á otra cosa. ¡Ay, Planeta! Y cómo va á alegrarse Pepe cuando te vea. Yo hace cuatro días que no le he hablado. Ya sabes su genio: viene, se va, y, cuando quiere algo, me lo dice desde arriba por ese tubo que tienes al lado. Es muy bueno Pepe, pero con él, cuanto menos se habla, mejor. Su debilidad eres tú... tú y Fernandito, ese ingenierete tan simpático que tiene en los altos hornos. ¡Las veces que Pepe te recuerda! Un día, hablando de tí y de tus planetadas, le oí decir. «Ese chico, ese chico debía estar á mi lado».

—Oye Capi; ¿y cómo anda mi prima, la santa doña Cristina? ¿ha metido ya alguna comunidad de frailes en el hotel de Las Arenas?

El capitán cesó de sonreír y por sus ojos cándidos pasó una sombra de inquietud. No podía disimular su turbación.

—No sé... la veo poco. Debe estar como siempre...

Y añadió con repentina resolución:

—Mira, Luisillo: cada uno que proceda como mejor le parezca. Yo á mis barcos, y fuera de ellos nada me importa.

Tras esto, quedaron los dos en silencio, como si el recuerdo de la esposa de Sánchez Morueta hubiera hecho pasar entre ellos algo que helaba las palabras y cohibía el pensamiento. Aresti se levantó para subir al despacho de su primo.