Goicochea, temiendo nuevas impiedades del doctor, desvió el curso de la conversación.
—¡Qué hermosa vista!—dijo señalando la parte de la villa que se alcanzaba desde el porche, junta con un trozo de la ría y las montañas de las Encartaciones con sus cumbres rojas, de tierra removida.—Esto es el más hermoso balcón de Vizcaya. ¡Cuánto trabajo se abarca desde aquí! ¡Cuánta riqueza!...
Luego, añadió en tono confidencial.
—Cuando veo lo mucho que ha prosperado nuestra tierra, comprendo que es imposible volver á nuevas aventuras. Hoy, una tercera guerra civil, otro sitio como el último, mataría á Vizcaya. ¿Qué sería de los altos hornos, de tanta fábrica y tanta vía férrea?... Por esto hemos abandonado, quien más quien menos, nuestra antigua bandera. Para servir á Dios no se necesita de política. Nosotros somos cada vez más intransigentes en lo tocante á la sacrosanta religión; ¿pero pelearse por reyes? Aquí no hay más que Vizcaya y su Señora santísima. Pregunte usted si quieren volver á las andadas, á muchos de los contratistas de Gallarta. Yo los he conocido de aduaneros carlistas, descalzos y muertos de hambre, y ahora van camino de millonarios. Vea usted á muchos dueños de las minas que en su juventud cogieron el fusil. Necuacuam, ninguno sueña remotamente con una nueva guerra. Si en tiempos del sitio hubiera existido tanto negocio como hoy, y tanta riqueza, no habrían llegado las cosas á mayores. Los que comulgamos en los sanos principios, ya sabemos el buen camino. Lo mismo nos da que reine Juan que Pedro: lo que nos importa es Vizcaya y Dios... Y Dios, ya sabe usted, que está por encima de la Patria y del Rey.
Como Aresti sonreía socarronamente, el hombrecillo pareció intimidarse ante su gesto.
—A ver: siga usted, señor Goicochea,—dijo el doctor.—Me interesa eso, pues, al fin, vizcaíno soy, aunque no tenga el honor de ser nacionalista. ¿Y cómo vamos á conseguir que Bizkaya (con B alta) se emancipe de la odiosa Maketania? Piense usted que ella tiene sus guiris, sus ches de pantalones rojos, prontos á disparar el fusil como en otros tiempos.
Y Aresti, al decir estos motes, remedaba el tono de desprecio con que había oído á algunos como Goicochea, designar á los soldados españoles, llamados ches en Bilbao, por ser valencianos muchos de los que componían la guarnición durante el sitio.
—Se hará sin guerra. Es asunto de tiempo don Luis: de tiempo y de buena dirección. Poco á poco se hace camino. O nosotros impondremos á España las sanas costumbres y creencias de los antepasados, ó nos aislaremos como ciertos pueblos de América, que viven felices, gobernados por el Sagrado Corazón de Jesús. Allí están los que dirigen y son gente que lo entiende: allí se prepara el porvenir.
Y señalaba en dirección á la ría, como si al través de las inmediatas alturas viese con la imaginación la Universidad de Deusto, santuario, para él, de la sabiduría humana.
—Pues hay para rato, señor Goicochea—dijo el médico saliendo del porche en busca del carruaje.