—Nosotras somos las de Lizamendi—le decían con arrogancia.—¿Y quién eres tú? Un chico de Olaveaga, criado en las gabarras de la ría.
Y con un gesto de soberbia, parecían abrir entre ellas y el médico un abismo que nunca había de llenarse, que le condenaba á eterna separación de lo que él consideraba su familia.
¡Cuántas veces, creyendo acariciar á una mujer, besaba á una estatua fría que se entregaba á él con rigidez de autómata! Las preocupaciones religiosas, llegaban hasta su dormitorio. «Déjame, Luis—decía su esposa—mañana tengo comunión en las Hijas de María, y necesito hacer examen de conciencia». Otras veces era Cuaresma y el ayuno se extendía hasta la vida conyugal. Aresti se decía amargamente que su mujer no era suya, que disponía de ella menos que á medias, compartiéndola en una especie de adulterio moral con directores de conciencia que apenas conocía. A veces, Antonieta, en sus momentos de cólera, tenía franquezas que asustaban al doctor. «Soy tu mujer y he de serte fiel, como manda la Santa Madre Iglesia: pero te quiero poco, lo confieso.... ¡Ay, Luis! ¡Cómo te amaría si echases á rodar todos esos libros y fueses á la Iglesia como van las personas decentes!».... Con gran frecuencia notaba en su despacho la desaparición de revistas y libros, que tal vez estarían en manos de cualquier confesor curioso que desde lejos espiaba sus acciones.
Lo que le hacía perder la calma era la insolencia con que la suegra y la cuñada le increpaban apenas osaba resistirse, apoyadas por el silencio hostil de su mujer.
—¿Pero quién eres tú?—le dijeron un día.—Un pobretón que, aunque ganas algo, casi estás mantenido por nosotras. Cuando matabas el hambre en casa del gabarrero nosotras éramos más ricas que hoy. No sirves para otra cosa que para tragarte libros impíos y repetir sandeces de filósofos contra Dios y la religión. ¡Si al menos supieras ganar dinero como tu primo Sánchez Morueta!...
Aresti no quiso sufrir más. ¿Qué hacía entre aquella gente? Por más tiempo que transcurriera, por más que se mantuviese en resignada sumisión nunca llegaría á fundirse con su nueva familia.
Entonces fué cuando pidió á su primo que le enviara de médico á las minas, y, empaquetando los libros que constituían su única fortuna, salió de aquella casa lo mismo que había entrado. ¡Ay, lo mismo no! Había sacrificado su porvenir; había sufrido dos años de amargas humillaciones; ya no podía dignamente unir su destino al de otra mujer dentro de una sociedad gobernada por las leyes más que por los efectos. Además, dejaba á sus espaldas á las tres señoras de Lizamendi, que, para justificar la fuga del doctor, hablaban á todos de la grosería de su carácter y de su perversidad moral, fruto de las doctrinas impías.
Después de esta fuga, la esposa de Sánchez Morueta, casi rompió toda relación con el doctor. Hablaba indignada de él á su marido. ¡Dejar así á la pobre Antonieta, que era un ángel, un modelo de virtud y devoción como todas las mujeres de la familia!... Fué preciso que Sánchez Morueta, con su grave autoridad que no admitía réplicas, manifestase su propósito de seguir recibiendo á Aresti en su casa, para que la esposa se contuviera ante el doctor. Pero terminó entre los dos la antigua amistad. Aresti, aislado en las minas, evitaba el bajar á Bilbao, sabiendo que su mujer visitaba con frecuencia la casa de su primo.
Cuando Sánchez Morueta abandonó la villa para habitar su hotel de Las Arenas, Aresti fué á verle con más frecuencia. Le interesaba su sobrina Pepita, que acababa de salir del colegio y casi era una mujer. Pero en estas entrevistas tropezaba siempre con la frialdad, cortés en apariencia, pero implacablemente hostil de la señora, que así como avanzaba en edad, adquiría fama en Bilbao por sus entusiasmos religiosos. La maternidad y los años, la hacían retirarse de la ostentación elegante, abdicar de la supremacía que ejercía en las tertulias, con sus trajes y sus joyas. Ahora la llamaban irónicamente «la gran cristiana», y era la primera en todas las juntas de las asociaciones religiosas y pías fundaciones, sembrando á manos llenas, en cofradías y conventos, el dinero de Sánchez Morueta.
Aresti, al llegar á este punto de sus recuerdos, fijaba la mirada en su primo, sentado junto á él en el carruaje. ¡Ay! Aquel tampoco era dichoso. La suerte le esperaba todos los días á la puerta de su casa, para acompañarlo por el mundo, pero no le seguía hasta el interior de su hogar. No se veía obligado á romper como él con la familia, porque el dinero le daba una superioridad irresistible, poniéndolo á cubierto de humillaciones; porque con un puñado de su riqueza, esparcida sin regatear, lograba entretener diariamente al enemigo, con el que estaba obligado á hacer vida común. Pero se sentía solo: se notaba la amargura del aislamiento en su gesto ensimismado y triste, en la alegría momentánea que experimentaba al ver á su primo, el único que lograba ablandar su carácter huraño, excitando sus confidencias.