—Tu padre... ya te entiendo—dijo bondadosamente.—¿Y qué le ocurre á tu padre? Vamos á ver.
El pinche se explicó trabajosamente. Su padre estaba arriba, en Labarga, en una casa de peones, muy enfermo; se moría. Al amanecer había querido levantarse para ir al trabajo como los demás compañeros, pero le ardía la piel, deliraba. El día antes había llovido y se mojó en la cantera. Él, que era su hijo, se había quedado para cuidarle. ¿Pero cómo, señor?... Estaba muy malo, mucho. ¡Para que él se hubiera decidido á perder el jornal del día!...
Y el muchacho repitió lo de la pérdida del jornal varias veces, dándole con su acento una importancia extraordinaria, como la mejor demostración de la gravedad del enfermo.
Aresti creyó consolarle, prometiendo que enviaría al médico que estaba en Galdames, tan pronto como volviera. Pero el muchacho rompió á llorar de nuevo.
—Señor dotor... Usted, sólo usted... Se lo pido por lo que quiera más en el mundo... He bajado de Labarga para eso. Usted sabe más que todos juntos. La gente dice que usted hace milagros...
Y apoderándose de una mano del doctor, se la besó repetidas veces sin saber qué decir, como si estas muestras de veneración fuesen todo su lenguaje y con él quisiera convencer al médico.
—Basta, muchacho—dijo Aresti riendo.—No sigas. Iré á Labarga para que no me beses más con tu cara sucia... Buena se va á poner Kataliñ cuando sepa que subo al monte.
El muchacho, tranquilizado por la promesa del doctor, habló con menos dificultad contestando á sus preguntas. Eran de tierra de Zamora y habían venido á las minas su padre y él con seis paisanos más. Hacía tres años que realizaban este viaje á la entrada del invierno. Ellos tenían allá su poquito de tierra. Cultivaban hierba y centeno; las mujeres se encargaban de los campos durante el frío y los hombres emprendían la peregrinación á Bilbao en busca de los jornales fabulosos, de once reales ó tres pesetas, de los que se hablaba con asombro en el país. Al venir el verano, regresaban al pueblo para recoger la cosecha y plantar la del año próximo. En las minas se trabajaba mucho, la vida era dura, morían algunos; pero se podía volver á casa con buenos ahorros.
—Yo, señor dotor, gano siete reales: mi padre once ú doce. Damos un real por la cama y nos comemos cinco cada uno, porque aquí todo va por las nubes. Hay otros gastos de zapatos y calcetines, porque el mineral destroza mucho. Además, casi todas las semanas llueve en esta tierra y no se trabaja... Total, que no bebiendo vino y comiendo poco, volvemos á casa á los diez meses con cuarenta ó cincuenta duros.
—Pues vais á ser ricos cualquier día—dijo Aresti.