Las dos beatas se alejaron en busca de otro confesonario menos concurrido. Realmente á ellas les agradaba poco el Padre Paulí á pesar de su fama. Siempre escuchaba con impaciencia, cuando á través de la rejilla percibía el olor agrio de las mantillas viejas. Mostraba prisa con aquellas intrusas que se mezclaban en su elegante rebaño.
La madre y la hija, al verse cerca del confesonario, con sólo dos penitentas por delante, abrieron sus libros de oraciones, y descansando las carnosidades de su cuerpo sobre las piernas dobladas, aguardaron con calma.
Doña Cristina experimentaba la emoción de la doncella que tiente la proximidad del hombre amado.
El Padre Paulí era un varón famoso. La buena señora admiraba su energía, su fuerza de voluntad, viendo en él algo de San Ignacio, que había sido militar antes que santo y guardaba bajo su sotana la audacia del hombre de guerra. No había más qué leer los papeles liberales, enterarse de los escándalos que habían provocado, hasta en Madrid, las palabras y los actos del Padre Paulí, para convencerse de que nadie trabajaba como él por la causa de Dios. No iba con tapujos y miedos como muchos sacerdotes que sólo hablaban de piedad y perdón para los enemigos, y de la dulzura de Jesús. Era el jabalí de la Iglesia, que al verse en terreno favorable, en aquella tierra donde crecía frondoso el bosque de la fe y de la sumisión ciega, saltaba iracundo, repartiendo colmillazos á todos lados. «A los enemigos de la religión, palo», decía con fiera arrogancia, que enardecía á su laico auxiliar Fermín Urquiola.
No perdonaba medio para propagar sus belicosos propósitos. Sus sermones en las grandes romerías, en las fiestas de la Asociación de la Vela Nocturna y otras corporaciones que le tenían por director, eran arengas de caudillo, hablando de matar ó morir como los paladines de las Cruzadas, por el sagrado Corazón de Jesús. Su celebro folleto «A las señoras católicas», publicado en vísperas de unas elecciones, había dado que hablar hasta en el Congreso de los Diputados.
Era un hombre de lucha que iba recto á su fin, atropellando las doctrinas religiosas para defender la religión. En su folleto tronaba contra el lujo de las mujeres y el dinero que desperdiciaban en la caridad. Nada de vestidos nuevos ni de limosnas; todo debían dedicarlo á las elecciones, á comprar votos, á corromper la voluntad de la gente, para sacar triunfante al candidato de Dios y deshonrar de paso aquella institución del sufragio, que borrando las clases y colocando el pequeño al nivel del grande, trastornaba las leyes de la antigua sociedad.
Doña Cristina recordaba los incidentes de la lucha ruidosa, en la que fué victorioso caudillo el Padre Paulí. Las señoras, amenazando con no comprar en los establecimientos cuyos dueños votasen al candidato liberal; el dinero, entrando en los barrios populares como un veneno que enloquecía á la gente y la hacía terminar sus disputas á palos y tiros; las damas ricas, deslizándose en los tugurios de los miserables, arrogantes como amazonas, con el bolso abierto y el paquete de papeletas electorales. Y enfrente de este gran ejército manejado por el Padre Paulí, un candidato de una buena fe paradisíaca, que hacía discursos sobre la regeneración material de la nación y la política hidráulica, pidiendo canales y pantanos, como si á un país cual Vizcaya, en el que llueve todo el año, pudiera interesarle lo que sólo importaba á los maketos, en sus llanuras de Castilla secas, bajo un sol de África. Hasta había comulgado solemnemente la víspera de la elección, en una iglesia popular, para que su candidatura perdiera todo carácter antirreligioso. ¡Infeliz! ¡como si estas habilidades valiesen con la Iglesia que es maestra en ellas! ¡cómo si no supiesen los buenos que quien no está á sus órdenes en cuerpo y alma, está contra ella!...
En esta lucha casi reciente, cuyo triunfo saborean envalentonadas las gentes religiosas, y que esparcía en torno del enérgico jesuíta un prestigio de caudillo invencible, había roto doña Cristina los últimos restos de la intimidad puramente amistosa que aún existía entra ella y su marido. Los liberales buscaron el auxilio de Sánchez Morueta, recordándole que había peleado durante el sitio, y el millonario entregó mil pesetas para la elección. El mismo día doña Cristina, con la amplia libertad de que gozaba en el manejo del dinero, dió dos mil duros al Padre Paulí. Al conocerse en Bilbao las dos ofrendas, cayó sobre Sánchez Morueta el desprecio y la burla de ambos bandos. Doña Cristina tembló en el primer momento ante el silencio de su esposo. Le parecía escuchar la risa irónica del doctor Aresti, allá en las minas. Temía la explosión ruidosa del gigante que se veía ridiculizado por una mujer, que no era para él más que una administradora del hogar. Pero transcurrieron los días y siguió callando, como si pasada la primera impresión de cólera, sólo le inspirasen desprecio aquellas contrariedades, y no quisiera turbar con nuevas querellas el bienestar animal que encontraba en su casa.
Doña Cristina también había perdido su primitiva inquietud al transcurrir el tiempo y se mostraba satisfecha, sonriendo modestamente ante las amigas que la felicitaban por este rasgo de independencia conyugal, para mayor gloria de Dios. El elogio del Padre Paulí valía por todos los terrores que le había hecho sufrir el gesto hosco de su marido. El jesuíta la comparó en una reunión de señoras con las mujeres fuertes de la Biblia y con un sinnúmero de santas, todas princesas ó consejeras de reyes. «Con señoras tan valerosas, pronto volverá el reinado de Jesús sobre la tierra.» Urquiola era otro panegirista que en las reuniones de jóvenes católicos ensalzaba, entre risas, la gran treta que su tía había jugado á aquel marido gigantón con cara de vinagre.
Después del ruidoso triunfo, la piadosa señora entraba en aquella iglesia como si fuese su casa, creyendo que el compañerismo de la victoria y su tan comentado sacrificio, la unían á los buenos Padres como si fuese de su familia.