Calló, y de nuevo volvió á susurrar como un aleteo el «Ña... ña... ña» siempre con tono de reproche durante muchos minutos.

—¿Cree usted Padre—volvió á murmurar la señora—que no he hecho yo nada por atraerle al buen camino? El día mejor de mi vida sería aquel en que le viese al lado de los buenos, ayudando á Dios con los bienes que le ha dado, aconsejándose de personas sabias y virtuosas como ustedes... Pero Padre: usted no lo conoce; es inabordable; siempre me ha causado respeto y miedo. Lo repito; yo no he nacido para esto: me repugnan los hombres.

Volvió á sonar el «Ña... ña... ña...» más imperioso, como si diese una orden, y doña Cristina achicábase ante la reja, obediente á su director, pero anonadada por el sacrificio que la imponía.

—Lo haré, Padre, lo haré. ¡Si supiera usted el asco que eso me produce! ¡Tan tranquila que yo vivía!... Pero obedeceré, ya que no hay otro remedio. Dice usted bien: haberlo pensado antes de casarme. Son sacrificios que impone Dios para la conservación del mundo: exigencias de la vil materia... Obedeceré, Padre, ¡pero cuánto me cuesta! ¡qué repugnancia, Dios mío!...

El «Ña... ña... ña» tomó una expresión interrogante.

—Sí, Padre, sí: seré otra. Volveré como en otros tiempos, á preocuparme de la envoltura terrenal. Espero que en el cielo me recompensen este sacrificio. Copiaré las seducciones mundanas para servir á Dios.

El murmullo del confesor sonó largamente, como si diese consejos. De vez en cuando, le interrumpía doña Cristina con sus afirmaciones de penitenta sumisa.

—Así lo haré, Padre.

¿Ña... ña... ña?

—Ya he olvidado esas cosas, pero procuraré acordarme de mis tiempos de vanidad.