—Qué, ¿te parezco bien?—dijo la madre, pavoneándose como una niña ante la admiración de su hija, que había conocido aquella moda y al verla resucitar inesperadamente, sentía la extrañeza que causa una resurrección histórica.
Al moverse doña Cristina sonaba el subversivo fru fru de sus finas ropas interiores y se esparcían en el ambiente los perfumes que se había prodigado con cierta indiscreción.
Sánchez Morueta que leía un periódico sin notar la presencia de su mujer, acabó por levantar la cabeza.
—¿Qué te parezco, Pepe?—dijo ella con una sonrisa que contrastaba con el temblor de su voz.
El millonario deslizó una rápida ojeada sobre su incitante esplendor de fruto maduro.
—No estás mal—y fijó de nuevo sus ojos en el periódico.
—Ahora voy á volver á la elegancia. Quiero gozar la vida antes de que llegue la vejez. Nuestra hija va á tener en mí una rival. ¿Qué dices á esto, Pepe?...
—Harás bien:—y siguió leyendo, sin saber lo que leía, con el pensamiento lejos, muy lejos.
La comida fué triste. El millonario había llegado de su último viaje con un gesto melancólico, que desaparecía de pronto, dando lugar á extrañas nerviosidades.
Él, que pasaba siempre por el hotel como un sonámbulo, sin reparar en los detalles de la vida doméstica ni dirigir la palabra á la servidumbre, venía regañando desde el día anterior con todos los de la casa, y bastaba una respuesta para que cerrase los puños como si fuese á golpear á todos.