—A ver, Goicochea; que lleven á casa el equipaje que está abajo. Avise usted por teléfono que luego iré.... No, diga usted que no voy, que no me esperen á comer. Iré á la noche. ¿Pero, qué hace usted ahí parado, mirándome como un bobo?... ¡Eh, alto! no se vaya usted tan pronto. A ver, ¡que suba el Capi! Llame usted á don Matías. ¡En seguida; listo!...
Goicochea salió del despacho temblando, al pensar en el día que le esperaba. Conocía el carácter de su gigante: pocas rachas, pero buenas, como él decía. Sólo muy de tarde en tarde, le había visto perder la serenidad y enfurecerse; pero guardaba un vivo recuerdo de sus arrebatos.
Cuando subió el capitán Iriondo, encontró á Sánchez Morueta paseando casi á saltos por el despacho, como una bestia enjaulada, las manos atrás y la cabeza baja. Tardó algún tiempo en ver á Iriondo, que no pasaba de la puerta.
—Pepe, ¿qué tienes?—dijo el marino con el acento afectuoso de un antiguo camarada.
—Nada: cosas mías, no te ocupes de mí.... Vas á llamar al teléfono de las minas y que busquen á mi primo Luis, que le digan que venga en seguida.
—Pero, hombre, no será tan pronto como quieres. Gallarta está lejos: él tiene sus ocupaciones...
—¡He dicho que venga en seguida!—gritó el millonario.—Dile que le necesito al momento; que estoy enfermo, que voy á morir... cualquier cosa. ¡Que venga pronto!... Y Luis vendrá, porque me quiere de veras: es mi único amigo.
—Está bien—gruñó el capitán.—Los demás somos unos perros.
Y encogiéndose de hombros salió del despacho. Sánchez Morueta siguió su paseo á grandes zancadas, con la cabeza baja, como si fuese a embestir contra los planos y modelos de buques colgados de las paredes.
De pronto se detuvo en la puerta de la habitación contigua, mirando con ojos feroces al secretario, que se había escurrido hasta su mesa para continuar el trabajo. El pobre hombre tembló al verse enfrente de su irritado principal.