El gigante extendió la mano sobre las torres, y tomando entra dos dedos á Ra-Ra, lo puso delicadamente en la abertura del bolsillo alto de su chaqueta. El joven le guiaría en su excursión, como el cornac que va sentado en la testa del elefante.
Siguiendo sus indicaciones, se metió entre las dos torres y las casas para seguir una amplia avenida.
Durante varias horas Gillespie visitó la capital, admirando la audacia constructiva de aquellos pigmeos. La mayor partes de los edificios eran de numerosos pisos, y algunos palacios tenían sus azoteas altas al nivel de su cabeza. Las casas, de nítida blancura, estaban cortadas por fajas rojas y negras, y muchos de sus muros aparecían ornados con frescos, gigantescos para los ojos de sus habitantes, que representaban sucesos históricos ó alegres danzas.
Entre las masas de edificios vió el gigante abrirse floridos jardines, que á él le parecían no más grandes que un pañuelo, y en cuyos senderos se detenían las mujeres para levantar la vista, admirando la enorme cabeza que pasaba sobre los tejados. A pesar de que los trompeteros iban al galope y soplando en sus largos tubos de metal por las calles que seguía Gillespie, los ojos de éste tropezaban á cada momento con agradables sorpresas que le hacían sonreir. Los diarios habían anunciado su visita á la ciudad; nadie la ignoraba, pero la fuerza de la costumbre hacía que machos olvidasen toda precaución y siguieran viviendo en las habitaciones altas sin miedo á los curiosos.
Edwin vió que se cerraban algunas ventanas con estruendo de cólera. Muchos puños crispados le amenazaron cuando ya había pasado. Por estas aberturas completamente desprovistas de cortinas sorprendió sin quererlo las desnudeces matinales de numerosas mujeres que se acostaban tarde y se levantaban tarde igualmente, procediendo á sus operaciones de higiene con la ventana abierta, sin acordarse de que había gigantes en el mundo.
Delante y detrás de él evolucionaba la caballería, dando trompetazos y agitando sus sables. Los transeuntes y los vehículos que se habían quedado en la ciudad huían delante de estas cargas, y más aún de los inmensos pies, que con un simple roce se llevaban detrás de ellos la parte baja de una esquina.
Ra-Ra creyó estar gozando anticipadamente una parte del triunfo con que soñaba á todas horas. Asomado al bolsillo del gigante, se consideraba tan enorme como éste, viendo empequeñecidos á todos sus adversarios. Siempre que el Hombre-Montaña pasaba junto á un edificio público, él escupía desde la altura, como si pretendiese con esto consumar su destrucción. Varias veces rió viendo moverse abajo, como despreciables insectos, á los que estaban encargados de perseguirle. Como su voz sólo podía oirla el gigante, se expresaba con una insolencia revolucionaria.
—Gentleman—dijo designando con una mano el palacio del gobierno—, éste es el antro de la venganza femenina.
Edwin dió una vuelta en torno á la enorme construcción, asomándose por encima de los tejados á sus patios y jardines. Lo mismo hizo en varios edificios públicos. Vió de lejos otro palacio grandioso, y como adivinase que era la Universidad por las grandes lechuzas doradas que coronaban las techumbres cónicas de sus torres, quiso ir hacia él; pero Ra-Ra le disuadió.
—Más tarde, gentleman. Allí descansará usted.