Mientras tanto, Momaren, saliendo de su nimbo de vanidad, decía con acento conciliador:
—Nada de maestro … nada de gran poeta. Los dos somos iguales: compañeros y amigos para siempre.
Golbasto palideció, hasta tomar su cara un tono verdoso. Parecía dispuesto á protestar de tanta igualdad y tanto compañerismo; pero el recuerdo de muchas cosas que deseaba pedir al Padre de los Maestros sofocó la protesta instintiva de su vanidad, haciendo que se mostrase dulce y bondadoso.
—Para que yo recite algo mío, ilustre Momaren, será preciso que antes cumpla una obra de justicia y de respeto declamando una poesía de usted.
El universitario aceptó con humildad.
—¡Si usted se empeña!… ¡Es usted tan bondadoso!…
Sabía Golbasto por experiencia que nada halagaba á este compañero como oir sus versos recitados por su boca. El poeta del cochecillo en forma de concha, de los tres caballos humanos y del látigo sangriento declamaba con una dulzura celestial que hacía verter lágrimas. Además, era para Momaren la más alta de las consagraciones literarias tener á Golbasto como lector de sus obras. Después da esto se sentía pronto á darle la Universidad entera si se la pedía.
Para que el acto resultase más solemne, Momaren creyó necesario reunir todo su público, esparcido en los diversos salones, y agolparlo en uno solo que ocupaba la parte saliente del edificio, con dos ventanales sobre una plaza.
Este salón lo apreciaba mucho por estar amueblado á la moda de otros siglos, cuando reinaban los emperadores de la penúltima dinastía. Como recuerdos de aquella época guerrera y bárbara adornaban las paredes grandes panoplias con lanzas, espadas en forma de sierra, sables ondulados y otros instrumentos mortíferos. El alma pacífica de Momaren se caldeaba en este salón, sintiendo al entrar en él entusiasmos heroicos que le hacían engendrar versos tan viriles como los de Golbasto.
Siguiendo las indicaciones suaves del Padre de los Maestros, más temidas que si fuesen órdenes, todo el público se fué agrupando en este salón. Las damas y las señoritas formaron varias filas al sentarse, lo mismo que en un teatro. Las mujeres, por ser más fuertes, quedaron de pie y se aglomeraron en las puertas y una parte de los salones vecinos.