Algunos profesores acostumbrados á no asombrarse de nada y á buscar la razón científica de todos los hechos se dieron cuenta, pasados unos instantes, de que esta obscuridad era debida á un desprendimiento exterior, á dos telones macizos que habían caído sobre ambas ventanas, interponiéndose entre sus ojos y la luz.

Momaren se arañó las muñecas en la obscuridad, preguntándose qué poder infernal al servicio de los envidiosos de su gloria había conseguido realizar esta catástrofe….

A ninguno se le ocurrió que el Hombre-Montaña pudiera haber empleado como asiento el techo que tenían sobre sus cabezas. En uno de sus desperezos de cansancio, Gillespie había juntado las dos piernas, colocándolas casualmente, con geométrica exactitud, sobre las dos ventanas, lo que creó repentinamente la noche en el interior del salón, precisamente al mismo tiempo que el poeta invocaba la salida del sol.

Después del primer aturdimiento de la sorpresa, los ojos, acostumbrados á la obscuridad, empezaron á ver débilmente, gracias á la penumbra que llegaba de las habitaciones inmediatas. Además, el ligero movimiento de una de las piernas de Gillespie dejó filtrar un rayo de luz, y esto sirvió para que toda la concurrencia reconociese cuál era el origen de la catástrofe.

Momaren quedó mudo, pues el hecho le parecía tan inaudito, que no encontraba palabras.

Los invitados prorrumpieron en alaridos de indignación:

—¡Insolente animalucho!… ¡Qué atrevimiento el suyo!… ¡Venir á perturbar con sus patas inmundas una fiesta de alta intelectualidad!…

Un hermoso oficial de la Guardia saltó, espada en mano, por encima de las sillas, y aproximándose á una de las ventanas tiró una estocada á la pierna del gigante.

Gillespie, que estaba medio dormido, despertó sobresaltadamente. Levantó una de las piernas hasta poner la rótula á la altura da su pecho y se rascó con ambas manos la picazón que sentía en la pantorrilla. Luego dejó caer la pierna otra vez, y ésta, como si obedeciese á un poder diabólico enemigo de Momaren, volvió á cerrar herméticamente la ventana.

Rugió de cólera la concurrencia, viendo en esto un nuevo insulto para todos. El Hombre-Montaña quería burlarse de ellos.