El Gentleman-Montaña sólo contestó á esta pregunta con un gesto ambiguo.
Pero el ardoroso profesor siguió hablando:
—Yo no le exijo que me responda inmediatamente. Confieso que esta manifestación de mis sentimientos es un poco violenta y que usted no la esperaba. A no ser por el peligro que le amenaza, me hubiese abstenido de hablarle de esto en mucho tiempo. Pero, en fin, lo que yo debía decir ya está dicho. Reflexione usted, consulte su corazón; esperaré su respuesta. Lo que necesitaba hacerle saber cuanto antes es que no soy para usted un simple traductor y que ansío participar de su suerte, correr sus mismos peligros, si es que la situación se empeora.
Gillespie, conteniendo la risa que otra vez volvía á agitar su pecho, contestó vagamente á la apasionada universitaria. Obedecería sus indicaciones, estudiaría con detenimiento las preferencias de su alma. Pero por el momento, lo más urgente era resolver su situación, que, según ella, parecía angustiosa.
—Voy á dejarle, gentleman—contestó Flimnap—. Nada consigo permaneciendo á su lado para sostener una conversación grata, pero que resulta estéril. Necesito saber noticias. Momaren tiene poderosos amigos y debe haber hecho algo á estas horas contra Ra-Ra. Además, hay que temer á Golbasto. Adivino desde aquí que su cochecito tirado por los tres hombres-caballos debe estar rodando á través de la capital desde el principio de la mañana. ¡A saber lo que habrá tramado el temible poeta!…
Antes de desaparecer por uno de los escotillones, todavía retrocedió
Flimnap hacia el gigante para decirle en voz baja:
—Si vienen á buscar á Ra-Ra, no se empeñe en defenderlo; sería peor para él y para usted. Déjelo abandonado á su suerte. Nosotros sólo debemos pensar en nuestro porvenir. Yo siempre he creído que un amor que no es egoísta no merece el nombre de amor.
Y entornando los párpados con expresión acariciante detrás de los vidrios de sus gafas, el profesor desapareció rampa abajo.
Sólo entonces el Hombre-Montaña bajó los ojos para mirarse á sí mismo, fijándolos en su pecho. Por la abertura entreabierta de su bolsillo superior veía la cabecita de Ra-Ra, encogido en el fondo de este refugio.
—¡Buena la hiciste ayer!—dijo el gigante en voz queda, como si hablase con él mismo—. En realidad tú eres el culpable de todo lo ocurrido, por tu maldita idea de dejarme solo para ir á ver á Popito…. Pero no te abandonaré por eso, como me pide la loca de Flimnap…. ¡Qué diablo será esto del amor, que á todos nos hace cometer enormes tonterías, y hasta da un aspecto grotesco á esa pobre mujer tan inocente y bondadosa!…
Vieron los ojos del gigante apoyada en un lado de la mesa la cachiporra que se había fabricado durante su excursión á la selva de los emperadores. La presencia de esta arma primitiva le hizo sonreir de un modo inquietante para los pigmeos.