Hizo la historia de todos los Hombres-Montañas que habían llegado al país en el curso de los siglos. El primero, según el testimonio de viejos cronistas, acabó siendo un traidor al Imperio de Liliput que le había dado hospitalidad, pues se fué con los de Blefuscú, que eran entonces enemigos. Además, al regresar á su monstruosa patria, publicó, según vagas noticias traídas por Eulame, un libro en el que ponía en ridículo á todos los liliputienses.

Los colosos que habían llegado después eran gentes bárbaras y viciosas, sin educación universitaria y de una capacidad estomacal que acababa causando grandes escaseces y hambres en la nación. Cometían tales desafueros, que finalmente había que suprimirlos.

Y cuando se había aceptado como medida prudente el matar á estos intrusos, que se presentaban de tarde en tarde, con la regularidad de una epidemia, llegaba el último Hombre-Montaña, y el Consejo Ejecutivo, faltando á la tradición, le concedía la vida.

Aquí Gurdilo empezó á hablar irónicamente de la enorme influencia que unos cuantos profesores y fabricantes de versos ejercían sobre el gobierno actual.

—Ha bastado—dijo el orador—que un pobre pedante que enseña en nuestra Universidad la inútil lengua de los Hombres-Montañas, la cual de nada puede servirnos; ha bastado, repito, que descubriese en un bolsillo del tal gigante un libro del tamaño de cualquiera de nosotros, con unos versos disparatados, propios de su enorme animalidad, para que todos los falsos intelectuales que dominan nuestra organización universitaria, y son retribuidos exageradamente por el gobierno, viesen una ocasión de afirmar su influencia protegiendo á este colosal intruso como un compañero de letras. Y los altos señores del gobierno, que antes de ocupar sus cargos no conocían otra lectura que la del diario todas las mañanas, han aprovechado la ocasión para darse una falsa importancia de intelectuales, obedeciendo las indicaciones de sus protegidos que monopolizan la Universidad.

»No quiero hablar al ilustre Senado de los gastos que ha originado el Hombre-Montaña desde que vive entre nosotros. Esto será objeto de un discurso que pronunciaré otro día, cuando tenga completos los datos estadísticos que estoy reuniendo. Necesito saber con certeza cuántos bueyes come cada día, cuántas docenas de gallinas, así como las toneladas de pescado y de pan que lleva devoradas. No insisto en esto; pronto apreciará el Senado de qué manera el Consejo Ejecutivo derrocha el dinero de la nación, á pesar de que el gobierno de nuestro sexo ostenta el espíritu de economía como la mayor de las ventajas sobre todos los gobiernos anteriores.

»Hoy necesito hablar de otra cosa que considero de gran urgencia, pues equivale á un escándalo intolerable que pone en peligro el orden del Estado y los fundamentos de nuestra sociedad, haciendo completamente inútiles la sabiduría de aquella gran mujer que inventó los rayos libertadores y el heroísmo de las valerosas jóvenes que combatieron en la tierra y en el aire por el triunfo de la Verdadera Revolución.

»Yo mismo no comprendo cómo el ilustre Senado, la Cámara de diputados y los demás organismos nacionales no fijaron su atención en el aspecto subversivo que nos ofrece ese gigante desde que llegó. Tampoco puedo explicarme cómo los periódicos, que atisban el menor de nuestros defectos para publicarlo inmediatamente permanecen ciegos para el Hombre-Montaña…. Debo confesar, sin embargo, que yo también he vivido en esta ceguera inexplicable, y sólo anoche vi la realidad, gracias á la sugestión de un poeta eminente, el más grande de todos los poetas que hoy existen, y después de esto casi resulta inútil que os diga su nombre. Todos habéis adivinado que es Golbasto…. Con razón llaman á los poetas videntes. Golbasto ha visto lo que ninguno de nosotros había logrado ver.

Se hizo un silencio profundo en toda la asamblea. Lo mismo los senadores que el público de las tribunas, esperaban anhelantes la revelación del gran descubrimiento del poeta, transmitido por el más temible de los oradores. Más de mil pechos jadeaban oprimidos por la emoción; el interés hacía respirar á todos con dificultad. Nadie apartaba sus ojos del tribuno, que parecía haber crecido repentinamente. Al fin, después de una larga pausa dramática, su voz resonó en el majestuoso silencio.

—Fíjese bien el honorable Senado en lo que representa el espectáculo antisocial y subversivo que presenció ayer el vecindario de nuestra ciudad. El Hombre-Montaña es un hombre, como lo indica su título…. ¡y, sin embargo, usa pantalones!