El profesor se adelantó al ejército, que ascendía poco á poco, con grandes precauciones, conservando su organización táctica para poder dar la batalla al coloso, y á los pocos momentos llegó á la Galería á todo correr del automóvil en que iba sentado.
Fuera del edificio estaba toda la servidumbre, aterrada aún por la tempestuosa explosión de cólera del Hombre-Montaña. Muchos de los atletas semidesnudos se aproximaron á Flimnap con los brazos en alto.
—¡No entre, doctor!—gritaban—.¡Le va á matar!
Vió también á un grupo de hembras membrudas y malencaradas, reconociéndolas como pertenecientes á la policía. Eran los agentes que habían intentado examinar los bolsillos del gigante después de haber registrado toda la Galería en busca de Ra-Ra.
Algunas de ellas tenían manchas de sangre en el rostro y en las ropas; otras, sentadas en el suelo, se quejaban de tremendos dolores en sus miembros. Pero estos dolores, así como la sangre, eran una consecuencia de las caídas que habían dado al huir del gigante. Su inmenso garrote, al chocar contra el suelo, esparcía un temblor igual al de un terremoto.
Flimnap, después de muchas preguntas, sacó la conclusión de que el gigante no había matado á ninguno de los que consideraba sus enemigos. Felizmente para éstos, su pequeñez les había hecho escapar del único golpe que el gigante tiró con su árbol contra el grupo de policías. Éstos, aterrados aún, repitieron la misma súplica de los servidores.
—No entre, doctor. Deje que llegue el ejército. Él sabrá dar á ese loco lo que merece.
Pero el doctor se lanzó dentro de la Galería con la confianza del amante que no puede temer á la persona amada, aunque la vea en un estado de ferocidad.
Gillespie, cansado de permanecer derecho, con la cachiporra en una mano, junto á la puerta de la Galería, había vuelto á ocupar su asiento ante la mesa, pero sin perder de vista la abertura de entrada. Al ver á Flimnap echó mano instintivamente al tronco enorme que le servía de bastón.
—¡Soy yo, gentleman!—gritó el profesor con voz temblona.