Pero después de esta lamentación, su coquetería amorosa le hizo explicarse para excusar los defectos que pudiera tener su vestido.

—Me lo ha prestado la esposa de mi colega el profesor de Física. Sé bien que es de forma algo anticuada. Hay muchos hombres que visten mejor. Pero debe usted tener en cuenta que mi compañero de la Facultad de Ciencias Físicas raro es el año que no tiene un hijo, y como su hombre se pasa todo el tiempo en la cama con el recién nacido ó cuidando de su nutrición, no le queda tiempo para seguir las modas.

Luego el profesor miró con unos ojos admirativos y tristes al mismo tiempo á su amado gigante.

—¡Qué cambios en nuestra existencia—dijo—. Pero no hablemos de esto, no perdamos el tiempo en lamentaciones. Necesito irme cuanto antes; siento miedo, gentleman…. Para venir aquí he tenido que pasar cerca de un grupo de soldados, que han empezado á decirme cosas atrevidas, creyendo que yo era un hombre. ¡Imagínese si descubriesen al profesor Flimnap vestido con estas ropas! Ahora, según parece, soy mal mirado por el gobierno, y el Padre de los Maestros desea quitarme mi cátedra para dársela á ese intrigantuelo cruel que le sirve á usted de traductor….

»Pero no hablemos de mí. Estoy dispuesto á aceptar como un placer todo lo que sufra por usted. Ya conoce mis sentimientos. Hablemos de su persona, pues para eso he venido.

Miró á un lado y á otro, á pesar de que no había nadie cerca del gigante, y añadió con voz tenue:

—Gentleman, le amenazan grandes peligros y vengo á anunciárselos, aunque ignoro, por desgracia, cómo podré defenderle de ellos.

Su amigo el profesor de Física le había llevado aquella mañana á lo más apartado y profundo de su laboratorio para confiarle un gran secreto. El Padre de los Maestros acababa de llamarle para saber si tenía siempre lista la máquina que había servido para dar inyecciones soporíferas al Hombre-Montaña la noche que llegó al país. Y como el físico le contestase afirmativamente, volvió á preguntar si era posible la fabricación en pocas horas—de acuerdo con la sección de Química—de la cantidad necesaria de veneno para darle una inyección al gigante, dejándolo muerto sin señales escandalosas de intoxicación.

El profesor había contestado que no podía encargarse de este servicio sin una orden expresa del gobierno, y el jefe se la había prometido para más adelante, dejando el asunto en tal estado.

—La promesa de una orden del gobierno es falsa, gentleman—añadió Flimnap—. Ningún señor del Consejo Ejecutivo osará firmarla. Yo, por el deseo de defender á usted, ando ahora mezclado en las cosas de la política y me honro con la amistad del elocuente Gurdilo. El gobierno sabe que el tribuno se interesa por el Hombre-Montaña, y como teme á su palabra vengadora, se cuidará bien de autorizar tal crimen.