—¡Grandes dioses!—gritó—. ¡Son tiros! ¡Disparos de armas de fuego!… ¡Y suenan cerca de la Universidad!… Adivino lo que ocurre. También se han sublevado los hombres en la capital, intentando apoderarse de nuestro Museo Histórico. Pero el gobierno ha previsto el caso, y los sublevados, en vez de llevarse las llamadas armas de fuego, son recibidos en este momento por nuestras tropas, que emplean contra ellos las mismas armas…. ¡Otra vez disparos! ¡Gentleman, déjeme en el suelo inmediatamente! Necesito ir allá…. Allá no; al palacio del gobierno, donde me buscan tal vez á estas horas para pedirme datos.
Y era tal su nerviosidad, que el gigante temió que se arrojase desde lo alto de su mano. Dejó al profesor-guerrero en la arena, y vió cómo corría hacia su automóvil-tigre y cómo escapaba éste á toda velocidad hacia el puerto.
—¡Con tal que no olvide su promesa!—pensó el Hombre-Montaña, que empezaba á sentir el tormento del hambre.
El enamorado capitán era incapaz de abandonar un instante el recuerdo de su protegido, y á la caída de la tarde, cuando ya desesperaba éste de satisfacer su apetito, empezando á calcular la posibilidad de una invasión de la capital en busca de comida, vió cómo avanzaban por la playa unas cuantas máquinas rodantes, negras y sin adornos, de las que servían para el avituallamiento del ejército. Sostenido por dos de ellas reconoció un plato enorme, de los empleados en su servicio allá en la Galería de la Industria. Sobre este plato se elevaban, formando pirámide, cuatro bueyes asados. En los otros vehículos llegaban montañas de panes—cada uno de ellos del tamaño de un grano de maíz ante los ojos del gigante—, pirámides de frutas enormes para los pigmeos, pero que venían á ser del volumen de un cañamón, y montones de quesos. Una sección de atletas agregados al ejército traía en varios vagones una docena de toneles de agua.
Cuando toda esta gente se marchó, anunciando que volvería al día siguiente con nuevos víveres, el gigante, sentado en la arena, pudo saciar su hambre con holgura. Hacía mucho tiempo que no había saboreado una comida igual. Hasta encontró agradable la existencia á la intemperie, siempre que Flimnap cuidase de su alimentación. Luego pensó que su enamorado capitán acabaría por volverle á la Galería de la Industria, apreciada ahora por él como un palacio maravilloso.
Pasó la noche en un sueño profundo, á pesar de que llegaban hasta la playa los rumores de la ciudad en continuo movimiento.
—Mañana—pensó—á primera hora, cuando me traigan el almuerzo, se presentará Flimnap con nuevas noticias.
Pero transcurrieron muchas horas de la mañana sin que llegase el almuerzo ni el amable capitán. Pasado mediodía, cuando el coloso, mal acostumbrado por las abundancias de la noche anterior, empezaba á sentir el tormento del hambre, vió avanzar á través de la playa solitaria á un pigmeo que, sin duda, venía en su busca.
No llevaba uniforme militar ni le seguía vehículo alguno. Su vestidura estaba compuesta de túnica y velo, como la de todos los hombres que no eran esclavos.
Gillespie pensó inmediatamente que tal vez era Ra-Ra ó Popito, aunque sin decidirse por ninguno de los dos, pues se sentía desorientado por la inversión de sus trajes. Cuando el recién llegado, hombre ó mujer, estaba todavía á unos cuantos pasos, Edwin puso una mano en el suelo para que montase en ella, y así lo hizo el pigmeo. Llevaba la cara envuelta en velos, pero al quedar cerca de los ojos del coloso descubrió su rostro.