Se lanzó fuera del edificio, en dirección á la ciudad, pero al dar los primeros pasos por la pendiente de la colina vió que se cruzaba en su camino una máquina rodante con cabeza de tigre, ocupada por militares.

El Hombre-Montaña levantó su garrote con intención de aplastar al vehículo y los que iban en él. Bastaba para esto un simple golpe dado con la parte gruesa del tronco. Pero reconoció al capitán Flimnap, que le gritaba, abriendo los brazos:

—¡Deténgase, gentleman! ¿Adonde va?… Le pido perdón por el olvido de que ha sido objeto. Los culpables son esas gentes de la administración del ejército, que, como no están acostumbradas al nuevo servicio, equivocaron mis órdenes. Pero vámonos á la playa; deben haber llegado ya doce furgones llenos de víveres. Tiene usted preparada una comida magnífica.

El gigante se encogió de hombros, como si no reconociese á su antiguo traductor.

Luego pasó sus pies por encima de la máquina rodante, con cierta lentitud para no aplastarla, y continuó marchando hacia la capital, sin hacer caso de los gritos que lanzaba Flimnap al verse abandonado.

XV

Que trata de muchos sucesos interesantes, como podrá apreciarlo el curioso lector

Inclinó la cabeza para hablar á Popito, que se había asomado á la abertura del bolsillo.

—Sepa usted, miss—dijo—, que vamos en busca de Ra-Ra. Dígame dónde lo tienen preso; guíe mis pasos.

Le fué indicando la joven las avenidas que debía seguir por las afueras de la ciudad. Marchaban entre grandes edificios levantados cuando la capital se ensanchó á consecuencia de la Verdadera Revolución.