Pero Edwin se había inclinado sobre él, tomándole con sus dedos, y lo elevó hasta el mismo bolsillo donde estaba oculta Popito. Al hacer este movimiento cayeron de su pecho muchas flechas que habían quedado medio clavadas en el paño de la chaqueta.
—Lo que vas á hacer, querido Ra-Ra—dijo—, es quedarte quietecito dentro de este bolsillo, donde encontrarás una agradable sorpresa. ¿Crees que voy á perder el tiempo mezclándome en esta ridícula guerra entre hombres y mujeres?… ¡A callar! Es inútil que protestes, porque no te oiré. Ahora ya no necesito guías; puedo moverme solo.
Y como su estatura le permitía ver por encima de los tejados, se dirigió hacia el puerto por el camino más corto.
Ra-Ra, luego de quedar sumido en el fondo del bolsillo, se asomó á su abertura, braceando entre gritos de desesperación. Pero el gigante no quiso escuchar lo que juzgaba protestas políticas del revolucionario y le dió un golpe en la cabeza con uno de sus dedos, enviándolo otra vez al fondo del bolsillo.
Llegó Gillespie al puerto, teniendo siempre ante sus pies un ancho espacio de terreno libre de gentío. Todos huían á ambos lados de él, pero era para juntarse luego que había pasado, profiriendo gritos de alarma y amenazas.
A la cabeza de esta muchedumbre rodaba el automóvil-tigre de Flimnap. El profesor, puesto de pie sobre el vehículo, iba arengando al gentío.
—¡No le hagan daño!—decía—. Se ha vuelto loco; no puede ser otra cosa; pero tratándolo con dulzura acabará por someterse.
Unos le escuchaban sin hacerle caso; otros, que habían visto de lejos el exterminio realizado por el gigante ante la cárcel, gritaban venganza. Esta masa enorme y alborotada, sin organización alguna, en la que se confundían militares y civiles, mujeres y hombres, avanzaba cada vez más rápidamente, hasta que se detuvo de pronto con un movimiento de retroceso que se extendió hasta el centro de la ciudad, esparciendo la alarma en las calles transversales. El gigante se había detenido al llegar al puerto, y la muchedumbre que le seguía se detuvo igualmente.
Al ver llegar al Hombre-Montaña huyeron todos los que trabajaban en los muelles trasladando á varios buques mercantes los víveres amontonados para el avituallamiento del ejército y de la flota. El gigante avanzó por uno de estos muelles, anchísimo para los pigmeos, pero en el cual tenía que colocar sus pies con precaución, como si marchase por lo alto de una pared.
La muchedumbre lanzó un grito de sorpresa y de rabia al darse cuenta de la dirección que seguía. Junto á este muelle se hallaba anclado el bote que le había traído de su remoto país.